carmen martínez alsinet
 
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Y SUS FIGURANTES
APUNTES
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NEGACIONISTAS

 

 

Tenía un montón de papeles en mi billetero, recibos de tarjeta de crédito, pequeñas facturas, detallados recibos de tiendas de comestibles, y varios vales. Sí, esos que a uno le entregan en los lugares donde las adquisiciones acumulan puntos o descuentos. De esos vales había tres o cuatro caducados y sólo uno que podía ser canjeado por un descuento. Me pregunto todavía cómo en una época tecnológica como la que vivimos, aún se reparten pequeños papelitos de descuento para entregar en una próxima compra del mismo establecimiento y conseguir así una merecida rebaja por fidelidad. Así que ordené los papelillos y después de leer detalladamente el único vale de descuento que no había caducado lo introduje en el billetero. 


La noche en que recordé que lo llevaba y lo entregué en la caja de un establecimiento de la cadena en la que suelo comprar,  me cayó encima el típico borde con la consabida frase de “eso aquí no sirve”. Pregunté el motivo a lo que me respondió que no se trataba de la casa madre sino de uno de sus sub comercios que se publicitaban con otro nombre. Pedí disculpas y añadí que sí servía, tratando de que leyeran la leyenda incluída en el abono donde mencionaba los establecimientos en los que dicho documento era válido y cuál no fue mi sorpresa al oír que el personaje, que parecía encargado y claramente un borde, siguió negando la validez de aquel papelillo añadiendo un calificativo al nombre del establecimiento que se sacó de la manga. Por suerte, la cajera, que mientras tanto lo había leído, creyó oportuno tratar de probar si la caja le validaba el abono para ratificar a su jefe ante mi insistencia y cuando le fue admitido, altamente sorprendida, acabó por hacerme el descuento que me correspondía. El tipo listo había desaparecido y gracias a la actitud de la joven, que aparentemente era más inexperta, salí de allí con la satisfacción de haber por fin utilizado un abono que por suerte aún no había caducado.


De regreso a mi casa recordé que vivo en un país de imbéciles, de bordes y de capullos en potencia que a la que les dan un poco de cuerda, se lanzan a una piscina sin agua. El problema es que los demás tenemos que aguantar a esos cretinos, sobre todo cuando tienen algo de poder y se dedican a joder a diestro y siniestro. Y digo eso porque desgraciadamente muchos gozamos de una educación que consiste en la negación constante y en el menosprecio ininterrumpido del otro, en la sobrevaloración de uno y, yendo muy bien las cosas, la afirmación de un pequeño círculo y el ninguneo masivo de todos los demás. La educación del borde del supermercado era por supuesto si no la misma, muy parecida a la de los presidentes del país que nos habían conducido a la ruina en poco tiempo y que tanto nos habían robado y engañado. Incluso habría que añadir a todo ello que los más prestigiosos periodistas de esta tierra de ninguneo y negadores acostumbraban a fundamentar sus tesis con infinidad de citas foráneas, quizá presumiendo que los autóctonos despreciarían sus razonamientos por falta de confianza y negacionismo y por tanto apalancaban con citas y menciones, algunas veces de algún imbécil extranjero, unas conjeturas que se sostenían por puro sentido común y no precisaban soportes.


Y esa forma de educación tendente a la baja autoestima era una constante que se repetía entre familias y a veces en pequeños grupos de amigos y para poner un ejemplo sólo hay que recordar cómo algunas madres y padres trataban a sus hijos. Cuando sucedía un incidente siempre decían “algo habrás hecho mal” y de la colleja se salvaban pocos aunque su posición estuviera cargada de razones. La sospecha, el descrédito, la vergüenza siempre recaían en el que estaba cerca y nunca, o muy pocas veces, en el de afuera. Los foráneos eran los buenos y los propios los malos, los de fuera eran los ricos, los listos, los competentes, y los de adentro los necios, los lerdos, los impotentes, los pobres. Así nos iba en nuestro miserable pequeño territorio porque probado estaba que los mejores artistas, técnicos o científicos acababan siempre siendo mejor valorados fuera del país y no en su propia comunidad, algo que hubiera sido lo más natural del mundo en otros lugares donde la cultura había incrementado con el tiempo gracias al estímulo y apoyo de sus comunidades abiertas. Entre nosotros, sólo era exitoso aquel de nuestros congéneres que hubiera sido aceptado fuera de nuestras fronteras o bien cualquier extranjero, a veces por el único hecho de serlo, aunque su palabrería vacía no aportara nada nuevo. Y así viviendo, muchos teníamos el convencimiento de que aquella mentalidad estrecha seguía inscrita entre nuestros vecinos, yo misma había visto como una hija de esa cultura obsoleta, trasladada a un país de lejana y probada democracia, no consiguió cambiar de mentalidad y seguía reproduciendo los tics de la negación aprendidos en la familia o en los círculos más íntimos, el ninguneo o censura del familiar o el cercano, y la afirmación o el entusiasmo por lo foráneo, y aunque alguien tuviera un grave problema con los sinvergüenzas más letales de ese territorio extranjero tan injustamente mitificado, ella les otorgaba un crédito injustificado, sospechando del amigo autóctono que le había expuesto el relato. La respuesta de ella por tanto no se basaba en la observación de la situación, la reflexión, comprensión y valoración, si no, como el abuelo del terrucho, no se le ocurría nada más que decir que “algo habrás hecho mal”, o como el borde del supermercado, “eso no me sirve” por muchos motivos y razones que se le dieran para que pudiera entenderlo.


Unos prejuicios que habían cambiado poco con los años y que nuestras comunidades, todavía aquejadas de mentalidades cerradas y que luchaban por hacerse un hueco entre aquellas más abiertas, no habían sabido destruir y tampoco  valorar las virtudes de unos pueblos que, aunque no llevaban muchos años practicando la curiosidad, la reflexión, la  comprensión y el juicio justo, sí tenían potencial para hacerlo. Sin embargo, todavía tendrían que pasar siglos antes de conseguir el necesario entendimiento entre unos congéneres que se destripaban por nimiedades.


Y por tanto qué les voy a ustedes a contar sobre aquel borde del supermercado, la madre, la tía, la amiga o el presidente de turno de aquel país de negacionistas, todos ellos embadurnados todavía y quizá por muchos años por la herrumbre del No recalcitrante.

 

 

 

Carmen Martínez

carmetines6@orange.es  







   

DANDI
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Soy un hombre atractivo, de tronco esbelto y musculoso, pelo en pecho, pastillas definidas y con un miembro retozón. Sin embargo tengo un defecto que me produce desasosiego y que con mi natural simpatía he conseguido disimular. Soy paticorto. Sentado me encuentran fenomenal, por eso me eligieron para presentar los telediarios de un canal local. Cuando iba por la calle la gente me reconocía y esa popularidad, aunque a veces abrumara, me proporcionó seguridad, conquistas y nuevas relaciones. Con un constante trajín conseguí olvidar mis vulgares piernas gordas y cortas y como el ensortijado pelo de mi tronco dejó de ser una cualidad para convertirse, con los vaivenes de la moda, en una ordinariez, me vi obligado a hacer uso de la fotodepilación gracias a la llegada de las depilaciones masivas para metrosexuales. 

Contraje matrimonio con una chica mona y tuvimos dos hijos monísimos. Formamos una  modélica familia de monines. Nuestra convivencia se convirtió en un problema que se resolvió en divorcio. Pasé unos años pésimos hasta que me sumergí en la red donde ligué más que apareciendo en la pantalla a la hora de la cena. Comencé a formar parte del colectivo singles y trasladándome a la radio dejó de producirse aquel frenesí de miradas y cachondeos en mi presencia. Un equipo de mujeres que fui juntando en un conjunto de pueblos de la provincia para saciar mi apetito sexual me dejaron exhausto por lo que en momentos de debilidad acaricié la  nefasta idea de regresar al mundo de los monines. Pero la rueda de la vida seguía impulsándome y me pareció prudente buscar mis juguetes en lugares alejados de modo que no consiguieran entrar en contacto. De todos es conocida la nefasta influencia que ejercen ciertas amigas en nuestras mujeres.

LOS PASOS DE ADÉN
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NOVELA
bubok y amazon


Alcanzó la cúspide gracias al palo que le entregó un mendigo y a una tenacidad extraña en ella. El viento dispersaba las fumarolas que brotaban de las paredes del cráter. Se sentó en un pedrusco. Olor ácido, ráfagas de calor y frío. Silencio.
El ocre intenso del camino y las distintas tonalidades de marrón oscuro de la tierra contrastaban con el gris azulado de los riscos y el verde de la vegetación que podía apreciarse en las zonas más cercanas del declive. Los cabellos alborotados y el vaho de su aliento se confundían con la neblina volcánica. Se incorporó y dio un vistazo a su alrededor.  Oscurecía. 
Tomó el camino que serpenteaba la ladera del monte, más allá del último barracón. No miró atrás. El viento enfriaba su rostro, que resplandecía en medio de aquel aire viciado. Con andar ligero pasó por un pequeño bosque, rodeó vergeles, atravesó viñedos. Caminar, observar, percibir, ver. Respirar. Había anochecido pero muchas, muchísimas estrellas y la luna iluminaban la cuesta. A su izquierda, se alzaba un muro de piedra y unos metros más abajo una verja envejecida daba acceso a un jardín. 

EL ORFEBRE
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5. EL ORFEBRE


 

Martina había salido a toda prisa. Anochecía. Cuando se palpó la muñeca tuvo un sobresalto. No llevaba la rivière que le regaló Arturo para su cumpleaños. El tráfico era denso y comenzaba a lloviznar sin embargo dio orden al chófer de regresar. Tecleó un sms para avisar a Arturo de su retraso. Esta vez esperaría. Pasaba veladas interminables a su lado como una cabina telefónica mientras él charlaba sin cesar. Por suerte solía ir al servicio a fumarse unos pitillos de vez en cuando. Se desplomaba sobre la taza, permanecía unos minutos como una pasa y después de relajar  la tensión se incorporaba como nueva. Cada recepción representaba una tortura para ella. Idear modelito y complementos, peluquería, uñas, maquillaje y tomarse el tiempo necesario para un masaje, un baño de burbujas, su mascarilla, algunos minutos de meditación y la puesta a punto del último momento a Martina le ocupaba los cuatro días antes de la puesta en escena, que consistía en permanecer de pie junto a su caballero con la sonrisa inmóvil y una boquita sellada con carmín inalterable. En esta ocasión podía permitirse llegar un poco tarde -se decía satisfecha-, faltaría más. Arturo se había quedado con ella, lo cual era un privilegio. Mujeres que tuvieran pareja las había pero que además cobraran por ello, sólo las privilegiadas. Se suponía que eran las más hermosas de entre las hembras y con múltiples conocimientos para agradar al macho. Y ese tipo de educación la proporcionan más a menudo de lo que uno se imagina las mismas madres. A la suya la recordaba con cariño, no podía quejarse. Martina tuvo una madre perfecta que la condujo desde la adolescencia por un gran bulevar -el que pisan las princesas y las estrellas-, lo que le dio la oportunidad de atracar en un puerto donde especializarse y ejercitarse para el futuro. Su diploma en Bahía Bodega con Don Pablo, un multimillonario de Punta Ballena, que conoció gracias a su exitosa entrada en Cabo Frío por la puerta que le abrió su veterana madre, fue lo mejor que le dio la vida. Lo cierto era que los recuerdos de aquella época constituían sus mejores experiencias. Paolo, como comenzó a llamarle bien pronto, la fue obsequiando con joyas de gran calidad y buen gusto, nunca lo olvidaría, fue muy generoso y cuando la relación terminó pudo quedarse con ellas, era un caballero. Uno de esos que te afina el gusto y la conversación, que asiste en la disciplina del cuerpo, que aconseja y aporta todo tipo de detalles sobre las necesidades masculinas, que revela trampillas de caza y argucias de sujeción y vasallaje, así como de coacción, chantaje, influencia, abuso, y tiranía, ampliando considerablemente cuanto su mamá le había inculcado desde niña. ¡Qué dulces recuerdos conservaba de aquellos días! La caballerosidad, ternura y generosidad personificadas.  Su sofisticación y savoir faire no los hallaría tras él pues los que se procuró más tarde, pese a su lujosa apariencia, eran zafios y desequilibrados. Pero para qué pensar en Paolo y los buenos tiempos si se encontraba con Arturo Rochowski –se repetía mientras alcanzaba la rivière que se había dejado olvidada sobre la repisa del baño. Lánguidamente se la abrochó, mientras, reflejado en el espejo el pálido rostro de una mujer hastiada, la examinaba con celo. Formaba parte del guión, debía llevarla puesta porque así se lo exigió  y si no lo hacía se vería obligada a presenciar los patéticos numeritos que Arturo interpretaba cuando se ponía de mal humor. En los momentos de soledad reflexionando sobre las injusticias de la vida se ensimismaba. Nunca entendería a los hombres. De hecho esa rivière le importaba bien poco porque conservando las joyas con que Paolo la obsequió al finalizar su entrenamiento y ser lanzada a la aventura de la vida, podían llover diamantes de los más sofisticados colores, tallas y valores, que nunca alcanzarían la belleza, el brillo o el diseño de las que procedían de su maestro. Arturo no podía compararse con Don Paolo o Tío Pa como le llamaba su madre, que era un gran señor y su anciano protector a quien debía eterna lealtad. Un hombre que sabía cómo tratar a las mujeres, cómo contentarlas y cómo extraer lo más valioso de su feminidad utilizando magistralmente sus bellas y más que hermosas artes.

A veces pensaba que la vanidad de los hombres se evaluaba en el espejo de su imagen. Es decir, de la imagen de él que la compañía de ella le confería en sociedad. Así que cuánto más se esmerara en acicalarse no sólo más remilgado parecería él sino también más impotente, frívolo y villano. Aunque se pudieran deducir muchísimas ideas del aspecto de los hombres, pensarlo la divertía, no sólo para humillarlo sino también para mofarse de tantos cretinos que la habían utilizado torpemente. Conservaba una pequeña hucha que le había proporcionado Don Paolo para tiempos difíciles. Al verla no podía olvidar sus consejos pero tampoco su propia convicción de proseguir el ascenso sin permitirse las crisis que la asolaban periódicamente al confirmarse su opinión sobre los hombres. En los últimos tiempos además de belleza y juventud, los acaudalados pedían vírgenes y  Lolitas, y ellas que, cada vez con más frecuencia recurrían a la cirugía plástica para todo tipo de retoques, cosían su himen para aumentar el cachet. Había mucha demanda y  disparidad de gustos así que las cotizaciones oscilaban constantemente. Unas eliminaban manchas y arrugas de los labios vaginales, otras depilaban la totalidad de su vello púbico, aunque algunas se lo implantaran y más de una se inyectara colágeno en los puntos más decisivos de placer.  Qué sofisticación ofrecería ella en el futuro con una piel reseca por el clima, el ánimo abotargado y el pelo encrespado a una edad ya del todo invisible. No podía perder la onda, ni la modernidad, ni el gancho. Y aunque a Arturo lo contentaba plenamente y se sentía seguro y satisfecho con ella, todo podía cambiar en cualquier momento.


Pero regresemos al salón donde se celebraba el evento de Arturo y a los sucesos inesperados de la vida. En pleno posado, cuando su labor de acompañante rayaba la perfección, se tomó unos minutos de descanso aprovechando un bajón de intensidad en la conversación de los caballeros. Pidiendo mil disculpas se dirigió al servicio. Iba a fumarse unos finísimos pitillos de María que traía liados en la pitillera de oro donde solía depositar sus pequeños secretos. Antes de regresar a la soporífera velada tomó unas píldoras de colores que también contenía su secreta pitillera y disparó ráfagas del perfume que llevaba en el vaporizador de bolso por todo su cuerpo. Salió a toda prisa del tocador, había perdido la noción del tiempo y una vez junto a Arturo en su posición de trabajo, correcta pero tan incómoda y estudiada, en el momento de saludar a un pintoresco compañero de trabajo de Arturo, mostró sin querer su brazo desnudo. 

-La rivière –exclamó él agitado- ¿No te la pusiste? 

¿Cómo? -respondió angustiada al comprobar la palidez de su piel vacía–regresé a casa para ponérmela. 

 
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LA CASA EN LA COLINA

EDWIN ARLINGTON ROBINSON

 


Ellos se fueron de aquí,

   la Casa está abandonada.

Poco queda por decir.


El viento empieza a rugir

   entre los muros hundidos.

Ellos se fueron de aquí.


Los recuerda el pueblo sin

   placer y sin amargura.

Ellos se fueron de aquí.


Torturarnos el espíritu

   de nada nos serviría.

Poco queda por decir.


¡Qué diferente es de ayer

   la Casa allá en la colina!

Ellos se fueron de aquí.

Poco queda por decir.

 

 

Añadido de Arabella Fitzroy:

 

QUE ELLOS SE VAYAN DE AQUÍ... 

 

 

MARCELA
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Cuando nos encontramos aquella tarde de invierno en el barrio gótico llevábamos años sin vernos. La sorpresa fue mayúscula y no pudimos evitar  introducirnos en el café más cercano y dar rienda suelta a un torbellino de diálogos. Con su habitual modo de vestir, siempre sobrio y elegante, y con su rostro y esbelta figura delatando sutiles signos de madurez, daba la impresión de ser la misma Marcela de siempre. Sin embargo, observándola detenidamente me percaté inmediatamente de que había algo nuevo en su expresión. Noté una pequeña grieta en su sonrisa y caí, sin quererlo, en aquel abismo que me trasladó lejos de nuestra juventud salvaje. Algo desconocido se estaba manifestado y yo me disponía a descubrir a esa nueva mujer que tenía delante. Gracias a la conversación, las manecillas del reloj desaparecieron de nuestra conciencia para dejar aromas de experiencia con esa globalidad de trazos y matices que todos expresamos cotidianamente sin saberlo.
Años después al evocar aquel encuentro se precipitan en mi recuerdo fotografías compartidas, encuentros, conversaciones y sobre todo muchas bromas. Una amistad que se ha ido manifestando a lo largo del tiempo y el espacio con el mismo aprecio y generosidad del primer día. Sin embargo nuestro último encuentro en Nueva York, siendo el más reciente, representa para mí la mayor prueba de la metamorfosis de Marcela. Llegué por sorpresa  a la ciudad de moda donde vive encajada en uno de sus rascacielos desde que se aburrió definitivamente de intransigentes sabios, jueces y corruptos de los que tan poblado sigue estando nuestro país mediterráneo.
Después de tomar un brebaje vegana en el apartamento que compartía con su pareja, desgranando una breve pero importante charla, me dejó cerca de mi hotel, justo  antes de su clase de meditación. Tumbada en mi posmoderna habitación, me percaté en mi nocturno sopor que, entre aquel primer encuentro en el que me abismé por los pliegues de su expresión, y este último, su ser había experimentado otro giro fundamental. 



Blue Eyes Queen
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KATULINA

Maig 2002-Setembre2016


 

El meu amor petit

La Mamitona

La Pichulina

Mira-Mira

 

 

La Gateta que va venir a fer-me companyia i a caçar rates –les rates que van invaïr Hillcroft l’any 2000 i no marxaven- i ella en va caçar  algunes de petites i va acabar caçant sargantanes, centpeus, granotes, escorpins, mosques, aranyes, serps petites, ocells -petits i grans- i tot animalet petitolí que es movia i se li posava pel davant a qui ella buscava i provocava per jugar, i tot jugant acabava matant amb les seves urpes que van destruïr tapiceríes i vestits ademés de rascadors.

La Katulina era una gata que va viure com una reina, com una verdadera pija de Begur, que no va parir gatets perque va esser esterilitzada però va jugar molt i molt amb els bitxus, amb els ninots i juguets que li regalavem i amb la seva mami d’adopció, La Carmen, a qui li agradava bufar, mosegar i esgarrapar però també fer llepadetes, cops de cap, carícies de gateta i ronroneixos, i a qui provocava perque li llencés una piloteta per correr com una boja. La Katulina, llaminera i sempre pendent de tot, tant vigilant i defensiva com preparada pel menjar i el joc.

La Katulina que deixava de tant en tant el regalet del seu pipí i la seva caqueta fora la caixa quan s’enfadava o es despistava, que es portava malament però que mai, mai, va robar a la cuina o del plat de la seva mami i que va rebre llaunes gourmet de recompensa quan ho feia tot be i com que ella ho sabía, esperava al matí al costat del platet.

La Katulina bufava a molta gent però no a tothom, sabia distingir, tenia les seves preferències. La Katulina era una malparida però també una gata dolça i carinyosa que va donar molt a la seva llar, tant com la llar li va donar a ella. Amor amb amor es paga. En Pau Descansi.

8 de Setembre día de la seva Incineració a Mas Carol.

VALENCIA STREET
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Canción escrita por

Susan Hart


 

The first lonely thing

I found 

arriving there

was... 


VALENCIA STREET


funny street

some kind of 

unique

one tone

just one trend 

of slums


My dear,

and it was my street


VALENCIA STREET

 

I should have been

some kind of blind

or looking for

a kind of cock,

just an ass,

arms and legs 

hair and mop,

on the full slum

unique row

 

no friend,

neither men

in 


VALENCIA STREET


friendly women,

even not

just a bright

tray of sex

in...

 

my street, my dearest street


living at 


VALENCIA STREET


And yes,

at the end

I met a friend

big cock

pink plastic

not too hard

not too soft 

distant command

new batteries...

a lonely friend

and

the best friend

in 

 

MY DEAR

VALENCIA STREET


just what I should have been

looking for

arriving 

in that

amazing, funny and lonely street

 

VALENCIA STREET 


where the music sound

was full of sweet, 

night and day

men or women

empty of them,

but

full of hair

soft and sweet

my dear slum,

unique row

 


VALENCIA STREET


I just was looking for a friend 

in this  

dumpy world

of any street as


VALENCIA STREET


I found my cock

sweet and soft

hair and mop

unique row

on the slums of this

street

a good friend 

in 

 

VALENCIA STREET

 

My dear street!



RELATOS
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NO ME LLAMES EN DOMINGO

bubok y amazon
 
 

Veintidós narraciones que presentan algunos trazos de vida contemporánea. Las cristalinas aguas de Andamán transforman la nueva vida de una mujer que se ha citado con su amante en Tailandia, la irrupción del poder femenino en una agencia de publicidad provoca la crisis de identidad de un triunfador nato, un psiquiatra se ve involucrado íntimamente en las neurosis de uno de sus pacientes, un hombre mayor descubre en la celebración de su cumpleaños que su adicción a las hembras ha arruinado su vida, una madre desnaturalizada es esclavizada por sus descendientes, un ligón compulsivo se ve burlado por una oscura alianza, unos tipos algo siniestros mercadean con las joyas que obsequian a algunas mujeres, una anciana revive las pequeñas cumbres de su vida ante las cenizas del cuerpo de su esposo, una hermosa brasileña más bien ligera de cascos surfea entre tiburones de las finanzas, un matrimonio de dos  mujeres acepta la mutua dependencia sadomasoquista con frialdad maliciosa, un informático gorrón deja en evidencia su calidad humana, una joven viaja  a una isla del Pacífico para alejarse del desamor, un aprovechado del lowcost muestra la verdadera naturaleza de su afición, los viajes solitarios de una bohemia incestuosa, las conexiones con los bajos fondos de unos intrigantes sociales, las rapiñas secretas de una mujer provinciana, la loca inspiración de ida y vuelta de una pareja de artistas maduros, etc., Un compendio de caricaturas sociales  de seres que se interrelacionan en esos primeros años del siglo veintiuno.

SUSAN HART
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Carmen Martínez Alsinet es una periodista, editora y escritora de Barcelona que eligió el seudónimo de Arabella Fitzroy para la publicación de su última novela Las Perlas de Sodoma donde Susan Hart, la protagonista y autora de otra de sus novelas, se adentra en explosivas aventuras sexuales. Basada en una serie de sucesos equívocos en los que se vio involucrada a raíz de una estancia en Túnez -concretamente en las lujosas casas de la Medina de Hammamet, gracias a la invitación de unos amigos, este hilarante relato confeccionado con las huellas del recuerdo, expone de forma clara, las laxas costumbres de una pequeña comunidad muy peculiar y divertida. Arabella Fitzroy le pareció la máscara más apropiada para adentrarse en el tipo de narración que se había propuesto aunque hay que decir que se trata de una costumbre habitual en la autora, que ha utilizado con anterioridad por razones parecidas, otorgando un seudónimo diferente a cada uno de sus libros. Susan Hart para Saber Amar, Fiore Costa para Viaje al Pasado y Carmen Hillcroft para Los Pasos de Adén de la que actualmente existe una nueva versión. Además de colaborar en distintas revistas y periódicos con reportajes y entrevistas y dedicarse al documentalismo, durante un largo periodo fue agente de prensa, asesora editorial y editora en Ediciones Martínez Roca que pasó a mejor vida al comenzar a formar parte de un grupo de comunicación global que decide lo que lee la mayor parte del mundo hispano. Hace poco ha insertado en Bubok y Amazon -en formatos ePub y mobi- su último libro de narraciones titulado No me llames en Domingo. Y trabajando en una novela, un equipo de hackers muy listillos irrumpieron con malignidad en su texto modificándolo e introduciendo unas bromitas que no le hicieron ninguna gracia. Aburrió el relato manoseado por esa gentuza y lo olvidó por completo en uno de sus archivos. A causa de tal intromisión y vandalismo, que no se produce solamente en su ordenador sino también en su domicilio particular, ubicado en una escalera con cámaras ocultas en rincones estratégicos que convienen a algunos caciques, decidió negarse a la convención. En ese lugar donde tras una muralla de banderas catalanas y esteladas, se ubican las cuevas de Alí Babá import-export y los cuarenta ladrones export-import, donde se tejen con hilos de impunidad lo que las mentes más perversas de una sociedad provinciana barruntan bajo la cínica cobertura de la hipocresía más obsoleta, hay demasiada basura bajo la alfombra para no sentirse salpicada por ella. Por tal motivo, la autora decide permanecer a la espera de que las turbulencias cesen, dejen de molestarla, los affaires disminuyan y los viejos cerdos se barreen y coman en su propia mierda. Y con la esperanza de ignorar el machismo, la prepotencia y la mentira y de que se recobre el sentido común, queda atenta a cualquier destello de autenticidad. Perpleja ante ese tiempo loco donde detectives, policías, espías, medios de comunicación y otros dementes violentan y mangonean a los demás, y en el cual se comete cualquier delito con abyecta frescura, aprovecha el endémico paro y el crédito nulo para gozar de la contemplación, el no saludo, y el insulto al bellaco. Y evita, por todos los medios, la insidia del tufo a podrido que se huele en toda la ciudad. 

GOLDEN
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Un indeterminado ciudadano hubiera podido definir a Gregorio Silke como un triunfador, como el típico fulano elegante, ágil, evasivo, como uno de esos urbanitas acomodados que pueblan nuestras cosmopolitas ciudades europeas. Al observarlo vistiendo traje inglés, camisa de algodón egipcio, zapatos italianos, calcetines españoles y dejando tras de sí un sutil aroma a cosméticos franceses le hubiese imaginado casado con una hermosa mujer, acompañado por una salvaje amante y protagonista de furtivos escarceos amorosos. Se lo hubiera representado en una impecable vivienda minimalista, conduciendo automóviles de gran cilindrada, sobre la popa de un lujoso yate o montando un pura sangre árabe, lo hubiera visionado pilotando una Yamaha por sinuosas costas, o surcando nubes sobre glaciares con su jet privado. Nuestro observador podía sentir admiración o envidia frente al Gregorio que la vida le proyectaba pero, sin lugar a dudas, para las aves rapaces que planean altivas los más versátiles horizontes sociales, Silke era uno de los suyos. 

Aquel jueves lluvioso de junio, Gregorio, apodado  Golden por su pericia en hacer dinero, se dirigía a su domicilio para el almuerzo como de costumbre. Encajonado en su flamante deportivo notó el cansancio acumulado pero la música y el limpiaparabrisas a toda velocidad le adentraron en su recién adquirida caja de ritmos. Con energía veraniega se disponía a emprender la nueva vida que estuvo planeando desde que se topó con los muros infranqueables de la intransigencia y, a pesar de que una acumulación de causas y efectos le habían desgastado, se sentía fuerte. Sin embargo, un inesperado  alto en el camino de aquel lluvioso día de junio lo enfureció. Las imborrables huellas de su vida frenética le daban un aire canalla y el cansancio, la ira y la inseguridad lo paralizaron obligando al indeterminado ciudadano que lo estaba observando a dudar de su juicio y a reconsiderar la opinión que de él se estaba formando. Despeñándose por el abismo que su desconocido observador dibujó con habilidad de mago y antenas de urbanita fisgón, Golden, el hombre que asía con fuerza las riendas de su vida, fue sometido al juicio severo de un tipo anónimo que aceleró el paso y huyó velozmente del atasco.
Músicas
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ALBUM DE FOTOS
CONTRATO PREMATRIMONIAL
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En una época en la que atroces asesinatos de mujeres cometidos por sus parejas asolan nuestros medios de comunicación, en un mundo donde todavía se demoniza, persigue y maltrata a la mujer, en ámbitos en los que se abusa de mil maneras sutiles y groseras de viudas, separadas o divorciadas, de hermanas, amigas, amantes y esposas, y cuando, para colmo, se delata a abortistas y se menosprecian todo tipo de actitudes, las féminas engrosan día a día las dianas de la infamia y no podemos afirmar que la condición humana haya evolucionado. Por consiguiente no es descabellado pensar que las listas se pondrán otra vez de moda y que contemplaremos perplejos como el terror, enredado en el ovillo de la ignorancia, irradia con virulencia nuestro mundo perfecto. Así pues la información manejada por nazis y dictadores se volverá a materializar para recordarnos lo bestias que somos todavía. Y quién sabe si los nuevos gerifaltes se las ingeniarán para incluir junto a cada uno de los nombres, un código de barras, por eso de que los tiempos cambian, y para que no se nos olvide que no somos más que matemática. Habrá listas de musulmanes o judíos, de homosexuales, pederastas, parafilios, de negros, chinos o rumanos, grupos de personas potencialmente peligrosas para la seguridad ciudadana y la mayoría seguiremos tan felices y contentos, seguros de la integridad de nuestros guardianes. 

Así que mientras habito el mejor de los mundos  y sorteo, como puedo, el peor de los peligros, me he topado con un problema de delicada solución. Me han pedido en matrimonio. 

Así, tal cual. Como suena. De sopetón. Un fulano se ha empeñado en desposarme en el otoño de mi azarosa vida. Lo conozco poco, por no decir nada, pero según él afirma sin respiro, está el pobre colado y bien colado. ¡Qué problema! Habla de flechazo, de gran amor y de no sé cuantas fantasías, sentimientos y arrebatos novedosos, sobre todo en una época en la que no podemos fiarnos del vecino. En verdad no debería negar que la adulación me agasaja, que levanta mi ánimo subterráneo y que la dulce ingenuidad del caballero me sonroja. 

Sin embargo, no nos engañemos, a mí el tipo no me gusta. Ni me atrae ni me interesa. No me induce a acicalarme, ni siento por él curiosidad, ternura o algo de simpatía. Aunque me veo obligada a admitir que un matrimonio de última hora no se me antoja del todo mal negocio, sobre todo para eludir el abismo que se cierne sobre tantas de nosotras con ese sinfín de crisis sucesivas. Si ahora no me gusta y es evidente que de momento no le amo, nunca se sabe lo que puede suceder en un futuro cercano. Si acabará gustándome y podremos amarnos fácilmente o terminaremos siendo amigos, colegas o náufragos. En realidad nunca se sabe aunque se intuyan los caminos y se ansíen objetivos. Siempre me he preguntado si lograré jamás amar y ser amada al mismo tiempo pero como uno no controla esos atlas del amor ni  tampoco los senderos de la pasión, concluyo que siempre puede suceder un inesperado milagro. ¡Tanta gente lo espera de por vida! ¿Y por qué no? -me pregunto airada- ¿Podría una afortunada conjunción depararme gloria parecida? Por otra parte -me recuerdo constantemente para que no se me olvide-, el trato podría ser económicamente rentable, por aquello de compartir los impuestos y los sueldos. Sin embargo se me hace difícil pensar en acostarme en la misma cama que ese tipo. Desayunar, almorzar y cenar con él periódicamente, escuchar sus charlas, bromas y bostezos, atender sus frecuentes llamadas y requerimientos, verle deambular por el mismo espacio, artrítico, reumático o lleno de potencia y energía. ¡Qué pesadez! -me dije de inmediato-. ¿Cómo podría yo acceder a tal contrato? ¿Y cómo desplegará sus artes amatorias? ¿Será fácil o un peñazo? ¿Qué aspecto tendrá en pleno movimiento?, ¿Será de mi agrado o me asqueará? ¿Y qué papel voy a representar en ese teatro careciendo de motivación?  En realidad prefiero los asuntos que se desarrollan solos, aquellos en los que cuando yo pienso en ti, tu piensas en mi y viceversa, esa santa palabra que debería formar la espina dorsal de cualquier contrato para convencerme de la bondad de la propuesta. Esas aventuras en las que te encuentras metida de lleno son lo mío aunque tengo que reconocer que es fundamental contar con la ayuda de un afortunado azar, pues a veces se producen líos tan complejos que la fuga deviene extremadamente complicada. Por descontado que la palabra escape debería formar parte también de ese sublime pacto. Odio lo forzado, lo orquestado, ese cuento aplicado que nada tiene que ver con una conexión verdadera, con amistad real o con amor en cualquiera de sus formas. También es verdad que se me acaba el tiempo y que un tipo al lado en esta virulenta época viene a ser como el bastón al viejo, la muleta al cojo, el báculo al obispo o la cachiporra al caco.



 

DOCTOR BLANCO
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Cambió de planes a última hora. De hecho las tardes del viernes el doctor Blanco acostumbraba a tomárselas libres y a dirigirse con Apolonio Rovirosa -su nueva pareja- a un pequeño pueblo del Ampurdán donde éste último poseía una masía que había ido restaurando y decorando gracias a su oficio de anticuario y a las grandes ideas que su trato con arquitectos, interioristas y diseñadores le procuraban. Blanco solía frecuentar a parte de la elite que en los 80 dejó en Barcelona profundas huellas de vanguardia a través de los cuales conoció al anticuario que se convertiría en su amante. Como iban a permanecer en la ciudad el fin de semana, aquella lluviosa tarde de viernes la dedicaría a reflexionar sobre la evolución de algunos de sus pacientes. Se trataba de un estudio que siempre posponía por la perplejidad que le causaban los informes que se había acostumbrado a separar en aquel incómodo último cajón de la izquierda de su mesa de trabajo que procuraba no abrir nunca. Es importante mencionar que el doctor Blanco, como psiquiatra, tenía sus preferencias en cuanto a cajones, consultas y pacientes. En realidad algunos maníacos tenían puntos de vista parecidos a los suyos y la conversación con ellos le procuraba una rara sensación de conexión trascendente. Consideraba cada caso espinoso como el hueso que tenía que roer para mantener el prestigio que había adquirido a sus cincuenta años. Una reputación que no le fue difícil alcanzar gracias a la fama de su padre como psiquiatra y a la de su abuelo como médico internista. El Master en los Estados Unidos le otorgó además una aureola que lo consagró como vaca sagrada de la psiquiatría de su ciudad. Y como le habían inculcado sus ancestros, se dedicó, en el mismo acto de abrir consulta, a forrar las paredes de la salita de espera con los Diplomas que incluían su apellido a fin de acaudalar la notoriedad y el rédito que creía merecer. Aquel mismo viernes por la mañana el doctor Roig –un psiquiatra con el que solía colaborar- le había telefoneado para pedirle que atendiera con urgencia un caso difícil. Roig, aunque no pertenecía al grupo de los americanos, como solían denominar a los que se trasladaron a aquel país para diplomarse, gozaba de una gran experiencia adquirida en Francia y en la consulta diaria de un gran hospital y últimamente el trabajo se le acumulaba más de lo ya de por sí normal en sus circunstancias. Así que no se cortó cuando habló con Blanco: “Le he comentado que acostumbras a colaborar conmigo y que se sentirá mejor atendido por un médico homosexual como tu. Tiene treinta y cinco años y apareció en urgencias con un cuadro maníaco agudo. Lanzó tres camillas por la ventana, amordazó a cinco enfermeras encerrándolas en el armario de medicación de planta y huyó con un arsenal de narcóticos –agregó con voz fatigada-. Por suerte le encontramos a tiempo.“
A causa de la urgencia que su mentor le pidió para aquella misma tarde, el doctor Blanco se sintió aliviado. No sólo le seducía lo de visitar a un homosexual joven sino que el nuevo trabajo constituía el subterfugio que precisaba para olvidarse una vez más de su cajón pesadilla. Los dosieres de sus casos espinosos permanecerían ocultos, apartados y arrinconados, como poblaban el mundo los seres humanos a quienes  hacían referencia. Y de pronto alumbró la brillante idea de traspasar a los residentes en prácticas aquellos casos que por su complejidad sofocarían cualquier talento que despuntara. Lo que no dejaba de producirle un  excitante placer.

Cuando a las cuatro  y veinte minutos la enfermera hizo pasar a Jacinto Lafuente a su despacho, el doctor Blanco se incorporó para saludarle. En cuanto sus manos se estrecharon una sacudida removió intensamente al doctor. Se trataba de un hombre alto, atractivo, de pelo castaño ondulado, ojos verdes y piel ligeramente bronceada. Resultaba tan glacial y seductor como una escultura romana. Fuerte, fibroso, musculado, con un potente olor a macho, excitó a Blanco de inmediato que trataba de sustraerse a su físico colosal con todo tipo de recursos mentales. Sin embargo, desarmado por una expresión de ingenuidad que delataba a un ser desbordante de ternura, a Blanco le temblaron las piernas. De no haber sido porque debía representar el papel que su profesión requería se hubiera acercado a él por la espalda, al acecho como un felino, acariciándolo e iniciando un revolcón cuerpo a cuerpo para finalizar con una lucha abierta lúbrica y extenuante. Ya comenzaba a oler esa mezcla de perfume de lujo y sudor que impregnaría la consulta en el caso de realizar unos deseos que convenía refrenar. 


 

LAS PERLAS DE SODOMA
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Alexandre De Sansplomb echaba chispas. Dando un portazo salió de la minúscula habitación  donde momentos antes Víctor, su lánguido y atractivo marido, había repetido el nombre del fantasma que aseguraba se le aparecía cada vez que compartía cama con  su desproporcionada pareja. Porque, todo hay que decirlo, Alexandre pesaba casi ciento veinte kilos, y sus abundantes carnes se ofrecían aquella mañana a las miradas ajenas, consteladas con los moretones producto de la agitada sesión amatoria de la noche anterior.

De naturaleza ansiosa y dada la canícula reinante, De Sansplomb consumía con fruición, además de la gran variedad de snacks con colorante que vendían en las tienduchas de la medina de Hammamet, una buena cantidad de helados, que regaba con litros de cocacola en lata en un vano intento de apagar la sed que su sabor dulzón le producía. Todo ello contribuía a perfeccionar su oronda humanidad que, no obstante, llevaba con la dignidad y el empaque de quien se sabe triunfador en la vida.

Acostumbrado a obtener lo que quería, odiaba que le llevaran la contraria. En efecto, Alexandre era ya el dueño de una próspera empresa de imagen y relaciones públicas, que dirigía con mano férrea y sustanciales dosis de mala leche, y que había conseguido colocar en pocos años entre las primeras del ramo gracias a su  habilidad en crear una compleja red de intereses en la que se combinaban el mundo de las finanzas, la prensa, la política y los negocios. Entre sus clientes figuraban las principales firmas internacionales de alta moda, joyería, perfumes y accesorios de lujo, que no vacilaban en pagarle unos honorarios carísimos a la vista del constante aumento de sus carteras de pedidos desde que habían contratado sus servicios. 

Para calmar el pésimo humor que le embargaba debía conseguir cuanto antes un chulo, so pena de verse obligado a ingerir una dosis masiva de los ansiolíticos a los que también era adicto. Acababan de comunicarle que las obras de su proyectada nueva villa de Tozeur, en el sur del país -donde pretendía  fijar la sede de las clitorianas, secta que él y su amigo Anastase habían fundado en una ceremonia de sodomía generalizada junto a un palmeral  a orillas del desierto-, se habían paralizado por inapelable orden gubernativa. La casa se encontraba junto a un terreno deportivo, donde los efectivos de una guarnición militar que prometía innumerables aventuras practicaban todo tipo de ejercicios. Y éste había sido precisamente el factor que había inducido a Alexandre a escogerla entre las muchas otras que le habían propuesto. La paranoia de las autoridades, siempre obsesionadas por la posible presencia de espías extranjeros -en particular, libios e iraquíes- había dado al traste con el faraónico proyecto, que sólo en facturas de arquitectos le había costado ya un dineral, a pesar de las influyentes personalidades con que había contactado para la obtención del permiso de compra.

Frenético y sin rumbo, bajo el calor sofocante de aquel tórrido sol que se reflejaba en la  niquelada montura de sus enormes gafas de Gucci, vio cómo uno de aquellos destellos cegadores se clavaba en los encalados muros de Dar Aladin, la casa de monsieur le Duc, y se le ocurrió visitar a miss Susan Hart, la cual había aterrizado allí dos días antes, abandonada y -según decía- arruinada por su último amante, un maricón intelectual que se hacía pasar por bisexual y que le había prometido una vida de reina en un desconocido e inexistente país de ensueño. Ella se lo había creído todo y ahora llegaba a la medina dispuesta a vengarse del mundo gay con un plan explosivo que consistía en seducir a los chicos más atractivos de la zona proporcionándoles unas pastillas de éxtasis, que le aseguraban el éxito seguro, con el único fin de impedir cualquier affaire que pudiera surgir con los miembros de las parejas homosex que allí se habían instalado.

Mujer de aguda inteligencia, vasta cultura y tenazmente independiente, soportaba difícilmente a los heterosexuales, que en el pasado la habían decepcionado y en la actualidad la aburrían y tendían, atraídos por su rara belleza, a inmiscuirse en su vida y a adoptar actitudes protectoras que ella rechazaba con vehemencia. Prefería con mucho la compañía de los gays, que se mostraban mucho más respetuosos con su peculiar personalidad y con quienes le resultaba más cómodo relacionarse. Pero, ávida de complicidades intelectuales, también tenía tendencia a enamorarse de algunos de ellos, sobre todo de los más atractivos -cada vez más abundantes de un tiempo a esta parte, a medida que se popularizaba entre este colectivo la moda de los gimnasios-, con quienes entablaba una compleja relación de amor-odio, causada por la insatisfacción que le producía la lógica falta de respuesta positiva a sus insinuaciones sexuales. Bajo los influjos del amor, Susan perdía todo control sobre sí misma y se convertía, paradójicamente, en un ser casi indefenso y sujeto a cualquier tipo de manipulación. Puede decirse que vivía entonces plenamente su condición de mujer romántica y sentimental de la cual, por cierto, era muy consciente. No en vano una de sus frases favoritas, que dejaba perplejos a sus interlocutores, era: “...pero si no soy más que una débil mujer”, pronunciada con un tono de mosquita muerta que nadie lograba tomar en serio. Pero tan consciente era de su fragilidad, que se pasaba la vida atrincherada. Con el transcurso de los años, Susan, cada vez más selectiva en cuanto a los objetos de su deseo, encajaba de mal en peor estas corteses pero firmes negativas, que la exasperaban tanto que le hacía imputar su responsabilidad, por extensión, a todo el universo gay. En esas circunstancias se transformaba en un ser cínico y despiadado, a quien sólo la venganza ejercida sobre una víctima más o menos propiciatoria conseguía calmar. Mientras tanto, dadas las exigencias de su fogosa sexualidad, debía contentarse apagando sus ardores con hombres que raramente superaban la treintena y, en su defecto, con un juego de vibradores del que nunca se separaba y que escondía bajo el doblefondo de su nécessaire de viaje, una reliquia que había pertenecido a Mata-Hari y por la que sentía verdadera veneración, encargada durante la Gran Guerra –según explicaba el catálogo de Christie´s- por la célebre espía a la casa Louis Vuitton, adquirida años atrás a precio de oro en una subasta de objets uniques.

ARABELLA FITZROY
CENIZAS
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Recostada en su butaca, envuelta en una manta, con los ojos entornados  y el rostro pegado a la lamparilla de Murano que su hijo mayor le trajo de Venecia, se sentía desfallecer. Concluyó por fin la gran pesadilla de su vida. Después de una mañana agotadora necesitaba recuperar fuerzas con urgencia. Con un libro en el regazo, se disponía a  proseguir con la lectura tantas veces interrumpida. Sin embargo, no podía  sustraerse a su obsesiva costumbre de rezar. Y, aunque se sintiera anciana y frágil, esta actividad la relajaba. Disponía de toda la tarde hasta la hora de la cena que era cuando tenía prevista la llegada de uno de sus hijos.

Los perros somnolientos yacían a la puerta del pequeño salón donde la televisión apagada resaltaba el vacío de una chimenea tiznada de hollín y ampliaba el silencio del campo. Un haz de luz surcaba la mesilla auxiliar junto a su butaca y hacía parpadear los cristales de sus diminutas lentes y el borde dorado de la taza de café. En el jardín las hojas otoñales cubrían el césped, la arena  y los cantos rodados del camino. En el cielo grumos de nubes rosa y violeta mudaban el firmamento en sombras, tinieblas y oscuridad. 

Cerca de Durango
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Bob Dylan Premio Nobel 2016

¿Será en el infierno nuestro último fandango?

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The way is long but the end is near
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KATULINA 2002-2016
NO ME LLAMES EN DOMINGO
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Relato número 12 

 

 

Un amigo común creó cierta intriga entre nosotros y una corriente de euforia fluía en ambos sentidos gracias a unas copas de buen vino. Aquella lejana noche de noviembre después de la cena nos montamos en mi coche y nos dirigimos a mi casa. La luna llena iluminaba un entramado de carreteras secundarias al avanzar bajo los chopos dejando atrás suaves colinas, altivos campanarios, castillos medievales y pueblos desolados.  Sorteando inquietantes sombras bajo los faros del automóvil intuíamos que la noche nos pertenecía por completo. Él, achispado y nervioso, hablaba sin cesar mientras nuestras miradas y cuerpos chocaban y se rehuían en el vaivén y las curvas del camino. Cháchara de política, música, cine, un sinfín de frases hechas y un millar de artificiosidades. Su longitud de onda oscilaba entre la ligereza y la gravedad. Con mentirijillas y suposiciones lanzadas al vuelo trataba de descubrir alguna que otra verdad. Vaguedades con que alardear luego ante las hienas. 

Un penetrante olor a macho y un collar de pelo asomando sobre el cuello de la camisa me orientaron hacia el pantanoso territorio de un caballero frenético. Un tufo de mamífero en vías de extinción invadía como un éter la cabina del vehículo y me retrotraía a un dejà vû asfixiante y sombrío. En aquella época de mi vida no me sentía con ánimo de jugar a las tinieblas en algo cuyo proceso me conocía de memoria. 

Algunas palabras disonantes me dieron la medida de su timidez y su actitud altiva, la de su arrojo. Venía con el fin de realizar un trabajo para el que yo le había contratado y como vivía en el campo y él en la ciudad, su alojamiento se hacía indispensable al tratarse de un profesional cualificado y muy recomendado. 


Iba de colega y de amigo -actitud que adoptan algunas personas que abusan de las demás- con lo que me obligaba a tratarle de igual modo. Qué difícil tarea siendo para mí un extraño. Un tipo desconocido aunque bien enchufado. Venía de terminar un complicadísimo trabajo para mi amigo y  según él le era preciso tomarse una pequeña pausa entre un trabajo y el siguiente. Para situarse y adaptarse, para tumbarse a la bartola, charlar y relajar la vista en el paisaje ignoto. Aguardar con fruición el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena era lo suyo. Ya me lo habían advertido, el tipo no ayudaba. El tiempo de ocio para que la energía fluya es una gracia que se otorga al elegido. En el campo, con aire, sol y cielo, con el verde, el paja y el arena, uno se regenera. Y eso me pareció a mí que nuestro común amigo pretendía. Más que a concentrarse en un trabajo y no permitirse un abuso inmerecido, a lo que venía el tipo era a gorrear con bastante cara dura. Necesitaba que el bautismo de un atardecer de otoño regenerara su energía. Pero, ¿de qué carajos va el muchacho? -me preguntaba exasperada mientras el tipo dilataba hasta extremos vergonzosos el inicio del trabajo. Era de esos que acumulan la razón y la verdad, toda entera, en su cuenta de activos, de los que escrutan al otro como un bribón y se ven a sí mismos como la divina encarnación de la bondad y la inteligencia. Era uno de esos tipos repelentes de matrícula. De los que no colaboran ni se solidarizan, de esos a los que han lamido y relamido de chiquillos estropeándolos para el resto de su vida. Y todo por ese no se qué que se apodera de algunas madres cuando un varón asoma la cabeza entre sus piernas. Me pareció de pronto como el hijo infeliz de una mamá feliz. Un  presuntuoso, un insolente y un fatuo. 


Me habían informado sobre sus hábitos alimenticios, sus costumbres de convivencia, su forma de trabajar. Sabía que debería cocinar, sacar al huésped de paseo, atenderlo y abonar sin reparos unos servicios que comenzaba a atisbar más onerosos de lo que en un principio había calculado. “Un elemento demasiado caro” -me dije mientras me impacientaba lejos de mi rutina y de mi acontecer diario. Sin embargo me esforcé por ofrecer el servicio y un mantra me ayudó a sobrellevar el peso. Deseaba que su estancia fuera breve. Otro tipo de hombre podía haber veraneado mucho más tiempo pero él no conducía, ni guisaba, ni fregaba. Era un chupóptero. Sabía que se acostaba tardísimo y que se levantaba muy tarde y que habría que poner lavadoras con su ropa. 

Ese ilustre torpedo irrumpió en mi precaria existencia para aportar a mi mundo tecnológico un orden que los técnicos de la zona no me garantizaban. Y aunque me alegró su proyecto de esfumarse a los tres días debo confesar que me consternó percatarme de que no terminaría el trabajo en aquel plazo. Y, a menos que su estancia se prolongara, era materialmente imposible que lo concluyera. No es que me resultara antipático. Era culto, atractivo a su manera, sociable, con muchas y variadas cualidades y defectos como el resto de mortales, pero era incomodo y la clase de persona que desbarata la existencia de los otros. Por el trabajo añadido a mi rutina, por sus cambios de humor y por una  desfachatez fuera de canon no erré en mis predicciones, en la intuición que me acometió en plena cena con nuestro común amigo, antes de que la experiencia diera comienzo. El tipo era puro peso. Con lo bien acostumbrada que yo estaba con mis amigos, tan leves, sutiles y divertidos. Tan predispuestos a colaborar y obsequiosos aunque ponzoñosos y letales si se torcían sus intenciones. Me vi pues obligada a convivir con ese desconocido y con las notas negativas que su música contenía. Le gustaban las mujeres. Todas. Y de ello hacía explícita propaganda. 

En esa etapa de mi vida me conozco de carretilla el tipo de mentiras que caracteriza a los hombres, a los machos. La frialdad y bellaquería de sus planes meticulosamente trazados, sus objetivos canallas y los abyectos fines de sus inesperados actos. Y no es que desconozca los laberínticos y taimados caminos que guían a muchas mujeres pues es comida diaria en los negocios, en trabajos, entre amigos y familia. El enredo, la trola y la hipocresía los he visto más claros que el nombre y el apellido en todo tipo de identidades. 

Le gustaban las mujeres. Insistía. “Mucho es poco –repetía- y muchísimo, insuficiente”. Pretendía conocer los más recónditos pasajes de placer en todo tipo de mujer y presentaba sus poderes carnales como la varita mágica del libertinaje. Al oírle una podía imaginarle como una dinamo de voluptuosidad y tener fe en un clímax de matrícula. Escucharle desgranar tan interminables listas de sandeces me dio a entender que la ocasión no tenía desperdicio. Con su actitud desenvuelta, su aplomo y la naturalidad de sus relatos, no imaginé en él salaces intenciones sino que las di del todo por supuestas. Así que me hice a la idea de hallarme ante un seductor irresistible, un dulce confidente, un hacker de mujeres bonitas, un felino de mimos y una serpiente de cascabel exquisito. Me percaté de que debía inventar algo y me obligué a reaccionar con rapidez.


Después de tanta publicidad no tardé en descubrir lo que ocultaba aquel blasón de cualidades. Uno de esos que meten el dedo en la llaga como un taladro, un tipo rudo que se patea el aire y aparta obstáculos a guantazos, que impone su presencia y traspasa las fronteras a porrazos. Toda una sensibilidad que se hace hueco a codazos. Vamos, el tipo de tío que se trabaja tus bostezos con esmero, de esos que ayudan a que el deseo desaparezca de tu vida para siempre. Un fulano con el que vivir una escaramuza que te lance de cabeza al lesbianismo aunque siempre hayas perdido la chaveta por los tíos. El dejà vû que tanta pereza produce cuando ves aterrizar a los novatos.    

Aparte de ciertas indiscreciones  y faroles, sus repetidas menciones a abstinencias sexuales abrían amplios horizontes pornográficos a la noche. Acelerándose y frenando a trompicones era evidente que ya no se trataba de sentirse una mujer bonita sino de dar de comer al hambriento. Ya se sabe lo que comen ese tipo de hombres. Así que con el paso de los días, el viento del norte limpiando el aire de impurezas y aquel amplio ventanal abarrotado de cactus, podíamos adentrarnos en esos abismos de placer de los que tanto alardeaba. Y aunque me pareció que empezábamos mal decidí aprovechar la oportunidad de dejar  que se explayara y me demostrara sus destrezas. 



Y todo esto lo supe antes de llegar a mi casa. Fue sencillo descubrirlo. Después de la cena, mientras todavía circulábamos por carreteras vacías, estrechas y más oscuras a medida que sus palabras afincaban en mi mente y su tufo impregnaba el  interior de mi vehículo diluyéndose en el aire, acepté dejarme llevar por el caudal y los rápidos de aquel ímpetu. Y cuando los faros iluminaron el muro interior del garaje  y detuve el motor del coche, me di la vuelta, lo miré fijamente y  muy seria dije:


 –Sobre todo no te muevas que aquí viven unas ratas del tamaño de conejos. Espera y te diré cuando es seguro salir. 


Le desabroché el cinturón de seguridad con el que se había hecho un lío al entrar y al pasar mi brazo por delante de su cuerpo advertí que tiritaba. Y al retirarlo, le abrí de golpe el pantalón y él, inmóvil, dijo:

 -¿Pero qué haces? -ruborizado y cada vez más nervioso. 


Yo respondí: 


–Te he dicho que no te muevas, que hay ratas. Las veremos desde aquí caminar aprisa por el parabrisas. Es un espectáculo que no olvidarás mientras vivas. 


Introduje mi mano en su entrepierna y del interior tomé algo parecido a un sagú que coloqué junto al cambio. 


-Estás loca –chilló-. 


Ignorando sus palabras comencé mi trabajo mientras pensaba:  “Le voy a meter por el culo el freno de mano ahora mismo. Sí, a ese cabrón de mierda. No te me tuerzas, ni te cruces que cuando entremos en la casa una parte del trabajo estará hecho”.


-¿No es eso lo que pedías? –agregué con afanosa provocación-. 


“Viene todo el camino jactándose, dándose aires y ahora que se lo proporciono se espanta”- me dije entre asqueada y cansada. 


–Mira, fíjate, una rata se acerca ahora mismo a la antena, mira, mira como trepa. No te lo pierdas, que tendrás un bonito recuerdo de tu paso por aquí. 

El tipo, más  blanco ya que la leche, se dio por vencido con una mezcla de terror y placer en su expresión de pasmo. Sus temblores se intensificaron y se quedó callado. Seguidamente se perdió en un tic de convulsiones y un inoportuno frenesí hizo que el freno de mano se desbloqueara y descendiéramos marcha atrás la cuesta que habíamos salvado con esfuerzo minutos antes. A medida que bajábamos la velocidad aumentaba. Sin percatarnos nos estábamos despeñando y cuando comprobamos la gravedad de la situación en la que nos encontrábamos levanté de pronto la palanca y, detenidos en seco en una posición difícil, respiré hondo. 

Nos habíamos adentrado en la intimidad que me pedía con alaridos y que no formaba parte del programa para nada. 


Pasamos, como había imaginado en el entramado de carreteras de aquel campo, unos días más tortuosos que agradables. Tuve que cocinar,  servir, pasear y complacer al huésped y el trabajo se demoraba y demoraba. Finalmente se puso en marcha y lo acabó en seco tan feliz. Desapareció como había convenido, a los tres días. Por supuesto tuve que acompañarle a la estación.  Dejó el trabajo falsamente terminado y yo, agotada de tanta bellaquería y vacación ajena, tuve que descansar con el problema tecnológico inacabado y no me dejó otra pretensión que arrancarle un final digno. 


Un montón de flecos, una lista y muchas cosas por hacer nos quedaban todavía. Se hacían necesarios los softwares,  algunas memorias y más horas de trabajo y sobre todo acordar nueva fecha en dos calendarios ajenos. Maldije a mi amigo, al que me lo había recomendado y aquel encuentro lujurioso, caro y tan poco afortunado. Después de su cordial despedida y su borbotón de palabras dejé pasar un tiempo pero el trabajo seguía a medias. Él lo había comenzado y debía finalizarlo. 

Llamé para acordar una cita. Y en un alarde de artificiosidad oí que me decía: 

 

-No me llames en domingo! 


Aquella noche un intenso olor a rata muerta me desveló. Anduve helada por la oscuridad acostumbrada y con el recuerdo caí de lleno en el corazón mismo del amor, aquél que se presenta de improviso y de mil formas y maneras. Aquél que cuando se reconoce produce placer intenso y no hacen falta ni palabras ni lisonjas, ni estrambóticas posturas, ni conversaciones absurdas. 

Cuando la luz del alba comenzó a teñir el cielo de multitud de colores y unas nubes rasantes se alejaban por el mar decidí adquirir otra clase de veneno. 


Cerré el ventanal, me acosté y el sueño me venció.  


 






 

TAXIBOY
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Todos los primeros miércoles de meses alternos charlar y cotillear unas horas en una cafetería del centro de la ciudad se había convertido en una rutina desde que nos licenciamos. Esta vez estábamos todas y el ambiente era festivo.

De pronto Anna -la única de nosotras que no se había casado-, se incorporó y saludó a un atractivo muchacho que estacionaba un deportivo en la esquina opuesta al café donde nos encontrábamos. Cuando se aseguró de que él la hubiera localizado, se dio la vuelta, nos echó una mirada entre evasiva y consternada, dejó unas monedas, se colgó el bolso al hombro y apartando la silla de su camino, dijo: 


-Esta vez tengo que dejaros un poco antes. Una cita de trabajo que no puedo cancelar. Os llamaré. Prometido!


Perplejas ante la insólita cita de trabajo observamos sus movimientos. El tipo que había descendido del automóvil era comparable a un quesito con arándanos. Se trataba de un  joven esbelto, de pelo castaño y con un ancho torso bronceado pegado a una camiseta gris metálico marca Calvin Klein y unos pantalones blancos Armani-Sport por debajo de la rodilla, que sujetaban un culito altivo, bien proporcionado, y probablemente fiel reverso de una virilidad con la que supuestamente se ganaba la vida y que le valía el apodo de taxiboy o taxitoy con el que Anna se solía referir a ese tipo de muchachos con los que tenía que tratar a causa de su trabajo. Musculado, depilado y alegre parecía volar sobre sus Nike al dirigirse a ella para besarla y abrirle la puerta del Mercedes descapotable. De labios rosaditos y carnosos, ojos canela chispeantes y porte suave y elegante, era la viva representación de joven chic al que cualquier mujer de edad indefinida desea llevar consigo todo el tiempo como si de un Vuiton o un Chihuaha se tratara. Aunque todo en él destilaba poesía nos sugirió de inmediato un morboso mundo de lúbricas sensualidades del que nosotras, por no pertenecer a la farándula, a la moda o al pequeño elenco de los vip, nos considerábamos excluidas . Cuando arrancó, la gran cilindrada del juguete dejó frente a nosotras la estela de lo que pudo haber sido la vida de elegir el rumbo de la libertad en lugar del sacrificio de la procreación. 


Anna colaboraba para una de las Vacas Sagradas de la ciudad proporcionando acompañantes masculinos y femeninos a fin de atender las necesidades perentorias de algunas personalidades. Toñita, el más puro filón de oro que jamás hubiera descubierto Anna trabajando de funcionaria, era una enchufada en el Ayuntamiento y gobernaba en sus horas libres una rama del lobby de Las Mercuriales, un estrambótico poder en la sombra. 

En las cloacas del poder municipal de la ciudad se acumulaba información privilegiada que resultaba muy valiosa cuando se contrastaba con la extraviada en el vertedero de otros organismos a los que dedicaban sus esfuerzos otras componentes de Las Mercuriales. Había que filtrar, cribar, tamizar y analizar, diseñar políticas a seguir y acceder a los más inverosímiles resortes del poder. 

Y esos pequeños paseos que Anna no podía posponer eran parte del trabajo que le proporcionaba liquidez para sus vicios. Su taxiboy  podía ser representado por cualquier persona. Un delincuente rehabilitado, un gigolo, un trotamundos, un mendigo, un conserje o un chófer. Todos ellos eran válidos para conseguir la información que interesaba a Toñita.


Las Mercuriales


Esta mujer era, por su parte, íntima amiga de otras tres Vacas Sagradas Mercuriales que ejercían en las bambalinas de nuestra sociedad y que eran Georgina, Kika y Pepa, una tríada de poderes prodigiosos. Se trataba de tres raras avis de iridiscente plumaje que brillaban con luz propia en nuestro paradisíaco mundillo cultural. Georgi era la reina de África, Kika la princesa de Asia y Oceanía y Pepa la presidenta de Latinoamérica. 

Toñita, cuyo poder era muchísimo más limitado, se conformaba con el sabor local, aunque había conseguido en los últimos tiempos un gran éxito gracias a  multitud de promociones turísticas, financiadas por los contribuyentes, que habían convertido a la ciudad en un HUG al que se denominaba HIM cuyo significado era Hot International Meeting y que juntos conformaban HOT HIM algo que desternillaba a la pandilla. Un encuentro letal para sus conciudadanos que huían como liebres hacia el campo, la playa o cualquier otro lugar apartado, donde no pasar la vergüenza ajena que les acometía en su pequeña urbe de moda. 


Entre ellas y todas sus colaboradoras se podía afirmar que nuestro pequeño país picoteaba en el mundo entero. Georgi dominaba los medios de comunicación socialistas, Kika, los comunistas y Pepa los de los núcleos más conservadores. Por raro que parezca Kika era la que mantenía las mejores relaciones con la aristocracia, Pepa se codeaba con la alta burguesía y Georgi frecuentaba clases medias y el poblacho. Y se habían ido convirtiendo con los años en un pequeño núcleo de poder global. 

No precisaban grandes fortunas, pero si les era necesario, metían mano en los bolsillos de cuantos satélites gravitaran a su lado. Además de manejar con mecanismos sofisticados sus distintas redes, ideaban y exponían proyectos en sus cónclaves Mercuriales. Se compartía la información almacenada y se diseñaba y rediseñaba la política a seguir encendiendo y extinguiendo la mecha de cada uno de los lobbies según sus necesidades. 

Ya se sabe que el poder no es agradable para los que se pasan el día cortando cintas, rompiendo botellas, leyendo discursos, fingiendo empatía o estrechando manos sudorosas. Y como ellas lo descubrieron muy pronto, se organizaron. Así que con la llegada de las nuevas redes de comunicación interconectadas, Las Mercuriales brillaron con luz arrolladora en un firmamento de sombras.  


Creadoras de corrientes de opinión, acumulaban amigos, atesoraban ayudas que luego les granjeaban favores, e, indirectamente, dominaban no sólo a la opinión pública y las modas, sino que llegaban a hurgar en los poderes más herméticos. Sus apaños, rubricados con su inconfundible marca, no dejaban indiferente a nadie. Sus redes las conformaban un gran número de personas que pensaban del mismo modo, vestían y comían de forma parecida y se distinguían de la gente corriente para asimilarse a algo parecido a una secta. Eran personajes que se sabían reconocer incluso en sus posturas más camaleónicas y en sus grados distintos de poder. Luego las consignas lanzadas por Las Mercuriales eran seguidas por unos agentes, que engendraban con sus luminiscentes tentáculos novedosas ideas en las mentes de los ciudadanos, a quienes reclutaban para engrosar las corrientes que se impondrían, otorgando a Las Mercuriales importantes bases negociadoras. 


Nuestra ciudad que se había convertido en un imán de potencia colosal y aunque los miembros más activos de Las Mercuriales gozaran de relaciones hetero u homo sexuales, solían presentarse como seres anónimos, libres de dependencias con el sexo opuesto y con el opuesto de los  opuestos. Borraron de un plumazo las definiciones, para ellas el sexo era sexo y el amor, amor, independientemente de los géneros. Jamás aquellas vulgaridades derribaban convicciones. El sexo lo utilizaban como anzuelo y si convenía fingir amor, lo hacían. Era sus medios y no sus fines. Usaban a su antojo las debilidades ajenas  y así manejaban los hilos de sus numerosas marionetas. Y alrededor de tales variopintos personajes gravitaban elementos procedentes de células clandestinas, delictivas o mafiosas, como policías, ladrones, traficantes o prostitutas. 


El fin de Las Mercuriales consistía en crear núcleos de influencia que, activados como bolas de billar, alcanzaran sus objetivos. Para tan vasta labor además de contar con topos en la mayoría de empresas de comunicación y publicidad, conectaban con sus redes amigas en todos los ámbitos imaginables. Sus comodines, como nuestra gran amiga Anna y el taxiboy que la recogió en el deportivo, suelen revolotear con sus alitas en todos los sentidos susurrando todo tipo de detalles de una información que luego ella misma elabora y almacena en unos pendrives de colores. 


Están infiltradas en familias enteras, en los grupos de amigos más reservados, en empresas, en clubs y en todo tipo de agrupaciones. La manipulación para conseguir que distintas personas de distintos credos, bolsillos y costumbres realice tal o cual viaje o realice tal o cual actividad, gestión, consulta o tome una decisión adaptada a sus intereses, la ejercen de un modo indirecto motivando a los amantes, familiares, o a los amigos para que éste presione al otro y aquel al de más allá. Tienen además ayudantes, representados en general por personas del montón que suelen ser ignorantes de su relevante función

 

Controlan también muy directamente el grueso de los equipajes de su confianza que embarcan hacia todo tipo de rumbos desde nuestros puertos o aeropuertos para perderse o llegar a su destino en las más variadas condiciones, manipulados por elementos rigurosamente informados gracias a sus agencias de viaje, transportes, hoteles y demás contactos. Manipulan todo tipo de enseres personales, colocan pequeños artilugios electrónicos, informáticos o visuales que contienen informaciones indescifrables e inimaginables y suelen utilizar, con mucha frecuencia, unas  personas por otras, suplantando las identidades a conveniencia. Ese gran tejido social que crece en proporciones vertiginosas al incorporar constantemente millares de nuevos elementos forma una inmensa tela de araña que atrapa.  Y nosotras, al ser amigas de Anna, si bien siempre nos consideramos protegidas y amigas de Las Mercuriales jamás podríamos imaginar cuanto de inesperado podría sucedernos.


  


Tarde de Té


Aquella tarde en que Anna nos abandonó en pleno cotilleo sentadas a la mesa del café donde nos reuníamos los primeros miércoles de meses alternos, nos encontrábamos todavía comentando los sucesos que habían jalonado nuestra vida y la de nuestros retoños cuando apareció inesperadamente Anna con el rostro desencajado. Llegaba de una complicada reunión consultiva con Las Mercuriales y se dirigía caminando a un afamado hotel muy cercano para reunirse con otros colegas. Le habían delegado una misión importante. Su taxiboy la informó con detalle de cuanto había sucedido y Toñita, su controladora, la autorizó a ejercer el mando de la operación. Un sobresaliente directivo de una multinacional energética falleció en una sesión de sexo sadomasoquista practicada con un taxiboy, compañero del que se encontró con Anna, sumamente nervioso en el lugar de los hechos después de haber ingerido una mezcla explosiva de drogas estimulantes. Anna debía ingeniárselas para hallar una tapadera creíble y realizar las gestiones necesarias de limpieza de toda la parafernalia utilizada para tales prácticas, desparramadas por el suelo del dormitorio, antes de  informar a la viuda que desconocía los vicios de su marido y debería identificar a la víctima.

 

A la mañana siguiente en primera página de todos los periódicos se publicaba la noticia del fulminante infarto del ilustre personaje. Justamente había sido el gran obstáculo en la multinacional donde prestaba sus servicios, para la introducción en el país de las energías renovables. Había conseguido bloquear en diferentes ocasiones la abusiva compra de una partida de molinos de viento promocionada por algunos miembros del partido en el poder. 








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