carmen martínez alsinet
 
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Y SUS FIGURANTES
Novela juvenil
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En un momento de despiste general, a un chico se le ocurrió poner un disco lento, el Only You de los Platters. Empezaron a formarse parejas y a los pocos minutos el mismo que había puesto el disco hizo sonar un silbato y dijo: "Intercambio de parejas" Así fue como empezamos a cambiar de pareja a cada toque de silbato.Estaba bailando con un compañero de curso cuando de pronto me encontré en los brazos de Toni. Me estrechó fuertemente. Noté como mis senos se hundían cálidamente en su fuerte tórax y como su sexo rozaba mis ingles. Enmudecí y sentí una fuerte vibración, como si una corriente de agua caliente bañara mi cuerpo. Sin darme cuenta apenas acaricié su cuello y él me besó suavemente en las mejillas. Cuando sonó de nuevo el silbato nos miramos, y me pareció ver en sus brillantes ojos negros como unas diminutas y hermosas joyas de azabache "Es diferente de los demás" -me dije.

LA CITA
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Fenando me había citado en el Royal Yacht de Nai Harn. Era un lugar perfecto para descansar después de unos estresantes días de trabajo en Bangkok y Singapur. Tres o cuatro días eran suficientes y lo que solía permitirse desde que se multiplicaron sus negocios en Asia. Me había sugerido pasar parte de nuestras respectivas vacaciones en Phuket y la idea me pareció genial. Sometida al perentorio apremio del deseo y al espejismo en el que uno se desliza al principio de cada nueva relación, inicié mis vacaciones antes de lo previsto y el pretexto para adelantar el viaje no fue otro que broncearme y relajarme para la cita.

En aquella época era ya una mujer madura, divorciada y con hijos independientes, como él, y la novedad de un romance apasionado me había cazado al vuelo y absolutamente por sorpresa. No lo podía creer, el asombro era tal que aturdía pero me dejé llevar como si hubiera subido a uno de esos tiovivos que te ofrece la vida cuando ya no esperas más que un asiento confortable. Y se me fue la cabeza en recuperar parte de los mejores momentos del pasado. Me eran indiferentes el trampolín y la profundidad de los océanos. Cupido hizo de las suyas y después de pagar tan cara mi osadía en cuestiones de amor, las tasas dejaron de preocuparme. Llevaba demasiado tiempo acostándome con tipejos sin interés y aunque había dado por concluida mi vida matrimonial, algo perturbaba mi mundo. 

Construidas en forma de bancales a lo largo de una suave y frondosa colina, las habitaciones del Royal gozaban de una espléndida vista sobre un apacible mar turquesa moteado de verdes islotes y surcado por pequeñas embarcaciones. Se podía caminar en dirección al cabo Prom Thep a dos kilómetros del hotel desde cuyo extremo el mar de Andamán con sus vibrantes destellos yacía manso bajo los opalescentes crepúsculos y los nítidos amaneceres de Asia. El Yacht Club –como también se denominaba al hotel- sobrevivió milagrosamente al Tsunami de 2004 que arrasó la zona, reconstruida después con eficacia y rapidez para no perder la fama de excelente servicio en un marco de quietud y bienestar que tantos beneficios reportó en el pasado en todos los sentidos. Se percibía en el ambiente un ritmo suave y ligero que, junto a la brisa, la luz y los aromas, hacía muy fácil el contacto con la naturaleza y convertía el lugar en un pequeño paraíso. 

Se trataba de un clásico selecto perteneciente a esa cadena de hoteles denominada The Leading Hotels of the World, alejado de los enormes complejos turísticos en los que el huésped precisa visado para circular y la hipocresía e indiferencia laceran lo más íntimo de la persona. Desde el Yacht se podía salir andando y desaparecer por los caminos o descender al bistró de la playa desde donde se divisaba, junto a la caseta de los socorristas, los buzos y los mozos que acomodaban a los bañistas en sus tumbonas, un mundo abarrotado de sombrillas con el emblema del hotel hincadas ordenadamente en la arena. Más allá, se multiplicaban tumbonas y sombrillas de otros colores y texturas mientras la bahía brillaba y los exclusivos veleros anclados se desplazaban levemente al vaivén de la brisa. 

Mi llegada fue emocionante. Me sentía exhausta después de un año de tensión laboral y familiar acumulada y deseaba a toda costa tomar un baño en aquel mar soñado. La primera mañana la pasé en posición horizontal sobre una de las tumbonas gemelas del arenoso privée dormitando, leyendo, escuchando música y tomando breves baños de sol y mar muy cerca de la orilla de poniente, jalonada de pequeñas y globosas rocas que daban al cuadro un aire mediterráneo. A mediodía un Terranova yació a mi lado, bajo la hamaca gemela que constituía, con la mía y la sombrilla, mi pequeña propiedad, y que ocupé con la cesta que encontré con un paraguas en el armario de la habitación y que divisaba al nadar para no extraviarme en aquel agua transparente con profundo olor a alga que me proporcionó el primer milagro de mis vacaciones. El cadencioso murmullo de las olas y el resollar del perro, que se iba acercando a mí  poco a poco bajo las tumbonas, me ayudaron a sentirme cómoda y reconfortada. 

Al atardecer un elegante y esbelto caballero de pelo cano interrumpió mis lecturas. Cayó como un meteorito e igual que un ave rapaz revoloteó a ras de arena colocando velozmente sus pertenencias bajo el privée de al lado. Me fijé en él por el torbellino que ocasionó y porque se desplomó como un fardo a pesar de su aparente ligereza. Su actitud no me dejó indiferente aunque no pudiera distinguir su rostro. El vacío circundante se llenó de pronto por un ser que despertó mi curiosidad e imaginé fuera de lo común. Conecté inmediatamente mis antenas. Quizás fuera su modo de  moverse, de echarse o de permanecer en silencio observando el cielo rojizo, quizás se tratara de su actitud al colocarse las gafas o la gorra, o al sacar un libro de su bolsa, aunque también es posible que lo que me trastornara aquella tarde no tuviera nada que ver con el personaje en sí sino con el deslumbrante crepúsculo reflejado en el agua ya opaca. 

En el instante de un rapto volé inesperadamente a un mundo imaginario. Había olvidado ese tipo de vínculos invisibles que cortan el fluido para trasladarte a un abismo, a un espacio del que es difícil sustraerse sin esfuerzo. Un lugar que paraliza, comprime, agobia, apresa y esclaviza. Podía tratarse de ese tipo de bahías de las que hay que levar anclas velozmente. Perpleja y sin liberarme del anzuelo permanecí inmóvil y en silencio hasta que me di la vuelta y vi que había desaparecido. El libro sobre la tumbona  y las havaianas en la arena me indujeron a buscarle. Había tomado asiento en una mesa del bistró desde donde se podía disfrutar también del crepúsculo y además de los enormes Banyan, cuyas hojas oscilantes combinaban en el aire multitud de olores y proporcionaban un túnel de sombra al camino de orquídeas que conducía a la piscina y al estacionamiento justo por encima de las escasas rocas que convertían el mar de Andamán en un lago. Aunque era la hora de la cena, mi desconocido podía almorzar pues configuré su ignota procedencia de cualquier lejano país. 

Oscureció y me retiré. Tenía planeado pasar todas las mañanas en la playa y por las tardes visitar Phuket Town  y recorrer la isla antes de la llegada de Fernando. Planifiqué mis días solitarios y escribí en mi diario sin pensar en aquella breve experiencia hasta que una mañana le volví a ver. Repantigado detrás de mí, leía un grueso volumen en rústica; ese tipo de best-sellers que los viajeros abandonan en cualquier lugar de su ruta.  Aunque tenía un aspecto parecido al del día anterior, algunos detalles me hicieron dudar de su identidad. Su pelo ya no era canoso sino rubio y movía los labios al leer. Pensé que quizás se aplicó un tinte para el cabello pero lo de los labios me irritó por no considerarlo propio del hombre que imaginé a mi lado frente a uno de los crepúsculos más bellos de este mundo. Y aunque se trataba de un tipo atractivo, cuyo porte e indumentaria eran idénticos a los del que había recalado en el privée cuando el Terranova dormitaba a mis pies, permanecí atenta. Imaginé que quizás, al igual que Fernando, procedía de Bangkok o de Singapur para descansar antes de regresar a Europa o a América, que posiblemente se sintiera cansado, se viera mayor y para resultar más atractivo, decidiera ocultar sus canas y tomar unos baños de sol. Me percaté también de que me observaba de reojo, que usaba gafas de natación y que para bañarse en lugar de seguir el camino más corto daba un largo rodeo exhibiendo su esbelto cuerpo y regodeándose al avivar musculatura ante mis atónitos ojos. Un estilo que para nada encajaba con el del caballero del atardecer anterior. Examinándolo detenidamente comprobé que se trataba de un individuo más joven, aunque debo confesar que me inquietó y me hizo dudar. De hecho solo había identificado a un sujeto con las mismas características en el hotel. Solitario, lector, con las mismas zapatillas, gorra y gafas de sol, y con idéntico equipo de baño y aspecto general. 

Sin embargo al personaje por el que fui seducida en pocos segundos la noche de mi llegada, le faltaba el rostro, un rostro que no pude distinguir en la lejanía del bistró. Me arrepentí de no haber conseguido darme la vuelta y mirarle de frente cuando estábamos cerca y de haber entablado con él una conversación mínima, de esas con las que llenamos rincones de soledad y finalmente lo olvidé, me abstraje con las distracciones propias de la playa y dediqué mi atención al tipo de físico estimulante. 

Después de aquel baño matinal cerca de el cuerpo –como comencé a llamar al último descubrimiento-, no me reconocí a mi misma, me esmeré en la toilette y me precipité escaleras abajo antes de hora para conocer al individuo o individuos que probablemente a causa del calor, la vegetación, el sol y los baños de mar  llevaron a Eros a lanzar el dardo del deseo en mi persona. Deseo que en realidad yo creía asociado a Fernando con quien esperaba compartir unas explosivas vacaciones.

Al salón del hotel todavía regresaban los rezagados de la playa y aún eran pocos los que se habían vestido para la cena. Mi disposición a investigar me condujo a merodear demasiado temprano y, olvidando el día de la llegada de Fernando, comencé a vislumbrar una oportunidad para disfrutar de unos pequeños placeres previos a nuestro encuentro. Casualmente el cuerpo se hallaba en la barra del restaurant con una copa en la mano pero la Happy Hour había concluido para entonces. Así que me tomé un zumo de fruta tropical en el salón mientras él charlaba animadamente con camareros de ambos sexos. Con la excusa de averiguar el menú de la cena me incorporé y me dirigí cerca de donde él se encontraba. De pronto el tipo se dio la vuelta y desapareció con la misma altivez que desplegó por la mañana al exhibir musculatura en la playa. Tuve la sensación de que quizás allí tanteaba un polvo rápido para después del almuerzo y de que a esta hora del atardecer ya contaba con unos planes mucho más prometedores. 

El plante me dejó perpleja y mientras cenaba me concentré en mis proyectos más inmediatos. La lentitud de mis reflejos me avergonzó aunque consideré la posibilidad de que el tipo anduviera colocado. Tuve la absurda sensación de sortear un temporal y de evitar a un frívolo de esos que tanto afean al género masculino. Quise borrarlo de mi mente pero el chasco me hizo recordar que había llegado a la edad de la transparencia aunque la relación con Fernando me hubiera llevado a suponer todo lo contrario. Consideré la posibilidad de que se tratara de un homosexual o de un esnob. Me acometieron mil pensamientos, pasaron millones de ideas por mi cabeza y finalmente me dispuse a descansar antes de la llegada de mi novio. Sin embargo, después de aquella situación embarazosa con el cuerpo, me sentía atrapada por la huella indeleble de mi primer atardecer junto al Terranova y al individuo que despertó mi curiosidad. Presentía que aquella sensación profunda de mi primer atardecer tenía un significado importante par mí.

Pasé la cena repasando los detalles concernientes al esbelto caballero cuya actitud me causó un potente efecto inesperado. El cuerpo me recordó al caballero y por un momento acaricié la idea de que se tratara de un padre y su hijo. Sin embargo la turbación que me asaltó en mi primer atardecer asiático se me hacía presente una y otra vez. No lograba sustraerme a la experiencia. Había algo en el ambiente de Nai Harn que me lo recordaba constantemente.

El aire del primer individuo se contradecía con el del segundo en algo fundamental. Fue como si el caballero al desplomarse en la tumbona me susurrase: “no temas, llegué para protegerte” lo cual me produjo sosiego dejando en mi ánimo cierta ternura. En cuanto al segundo individuo, el mensaje más que evidente era “¡admírame y ríndete!” lo que me pareció paradójico. La primera fue una sensación intensa que no iba a olvidar sin tratar de encontrar al hombre u hombres que me la inspirasen y la segunda era tan pretenciosa como para eliminarla para siempre de mi vida. Así que finalmente decidí que el cuerpo-yuppi y mi caballero crepuscular tenían que ser forzosamente dos formas distintas, dos estéticas, dos culturas, dos inteligencias y dos almas. 

Aquella noche antes de acostarme utilicé el ordenador que el  hotel disponía para los huéspedes y que siempre estaba ocupado por jóvenes y por mujeres. Después de repasar mi correo y de averiguar aspectos interesantes de la isla lo apagué y me retiré. 

Al entrar en el ascensor vi acercarse al cuerpo con una altivez parecida o incluso superior a la exhibida durante todo el día. Iba acompañado por una jovencísima tailandesa con aspecto de punto de interrogación y de cerca su actitud acelerada, mirada vidriosa y rostro desencajado, revelaban más de él que una papelina extraviada. Su cuerpo vibrante exudaba velocidad y la tensión de sus músculos presagiaba una noche movida. La escuálida muchacha con carita de aburrimiento parecía sobria y por el modo de observarnos a ambos daba a entender que solo el dinero podía iluminar aquellos ojos tristes. Mientras ascendíamos por las plantas del hotel, me repasó de arriba abajo desbocado y confundido. Para mí era un hombre atractivo y vi que necesitaba urgentemente aliviar sus pulsiones, satisfacer vanidades, y gozar de relax en compañía. Su caza perentoria me enterneció. Su cercanía mientras subíamos a los dormitorios no me dejó en absoluto indiferente. Lo único que me incomodaba de él era aquella sombra hecha de soberbia que atrapé al vuelo. 

Comprendí en aquel ascensor los viajes masculinos a Tailandia. Al día siguiente en la arena de la playa, el atractivo varón, el cuerpo, el yuppi, se hallaba relajado y tirado en la hamaca con un libro del revés y moviendo unos labios pastosos. De lejos más que leer parecía planificar sus próximos movimientos. 

Liberada de los ardores nocturnos, tostándome al sol, remojándome y avistando por fin a mi caballero crepuscular a quien descubrí cercano a las rocas de poniente, me di cuenta de que unos ojos perplejos se posaban en mí. Era el cuerpo, el musculitos, el Happy Hour, el exhibicionista, el yuppi, el caballo desbocado del ascensor, ese individuo ansioso por alcanzar el cielo y revolcarse en el polvo de las estrellas. El tipo con el que hubiera viajado a otros mundos y el hombre con quien me hubiera colocado sin dudarlo en otra etapa de mi vida. 

El primer caballero, el hombre crepuscular, el individuo de mi auténtico encuentro, se hallaba apaciblemente leyendo bajo la sombrilla con el Terranova a sus pies. Al ver al perro, que parecía pertenecerle, y descubrir su armonioso vínculo, comprendí que la tarde de mi llegada, cuando se desplomó a mi lado ante el ocaso multicolor con actitud suave, su mensaje no iba dirigido a mi sino al perro, a su perro, probablemente a su mejor amigo, que en su ausencia se acercó a mi. 

-Aquí estoy para cuidarte y protegerte –me repetí. Fue una frase que robé, que capté de una muda conversación de náufragos. Entonces comprendí con luz meridiana que en aquel solitario atardecer el Terranova a mis pies no hizo más que cumplir con la misión propia de su raza.  

Siempre sospeché que algunos sujetos acostumbraban a consumir servicios de prostitución y a ser felices junto a sus perros. Los cuatro días que permanecí en el hotel a solas nadie me dirigió la palabra. Todavía faltaba un día para la llegada de Fernando cuando una convulsión profunda me hizo cambiar de planes. Aquella misma tarde hice la maleta, aboné mi cuenta, tomé un taxi al aeropuerto y conseguí pasaje para el primer vuelo a Bangkok. Una vez en la caótica urbe suprimí de mi agenda a la mayoría de mis contactos, cambié de número telefónico y desaparecí de la circulación. No me resultó demasiado difícil olvidarme de Fernando. De todo aquello ha pasado mucho tiempo. Ahora vivo en paz conmigo misma y los hombres son para mí seres anónimos, conciudadanos a los que me cruzo civilizadamente por la calle. He conseguido gozar de una madurez plena y feliz sin necesidad de adorar o servir a ningún individuo y desde aquella experiencia en Nai Harn he viajado en diversas ocasiones a Tailandia. 
Hoy acabo de llegar al Hotel Shangri-La de Bangkok donde me alojé entonces y del que guardo magníficos recuerdos. Después de asearme para la Happy Hour, que ya nunca me pierdo, he tomado asiento cerca del río con
un cóctel de guayaba. A medida que el atardecer avanza y las barcazas cruzan afanosas el Chao Phraya, el agua se ilumina con el arco iris de la flota y las veleidosas caras de Bangkok. Abstractos laberintos surcan el río reverberando y punteando  el tráfico fluvial y yo comienzo a deleitarme en un cielo de innumerables colores que degrada tonalidades al son de disfonicas bocinas que zumban veloces en todos los sentidos. E inmersa en el devenir de la naturaleza accedo poco a poco a un espacio que nubla mi conciencia  anudándome a una liana que se balancea en el aire y me acerca al infinito. Aparece entonces el caballero del Royal Yatch seguido de su Terranova. Se acomodan a mi lado y permanecen en silencio. Fluimos con el crepúsculo hasta que el mundo se transforma y llega la noche. El preámbulo de Nai Harn nos internó en un mantra sagrado donde coincidimos, conectamos con lo divino y trazamos una cadena de certidumbres que nos impulsó hacia un mundo someramente extraterrestre. En plena noche, cuando el fantasioso ocaso de este gran día ha concluido, puedo afirmar que he pasado un tiempo inolvidable en compañía de dos seres extraordinarios que un día no muy lejano compartieron conmigo el atardecer de una vida que no me satisfacía. 

 

 

Dandi: final
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Les mentí acerca de mi estado civil añadiendo en el relato licencias que novelaban esta parte de mi vida tan aburrida en el mundo de los monos. Les conté que me casé por compasión con la hija de unos amigos de mis padres, que después de cumplir con mis obligaciones maritales comencé a enfermar ante la presencia de mi mona y de nuestros monitos, que ella era fea, gorda, velluda, verrugosa, cleptómana, ninfomaníaca y sumamente mentirosa. Agregué que para dormir en habitaciones separadas tuve que inventar mil excusas de trabajo, que pretexté las molestias que producían mis ronquidos y el insomnio y alteraciones que sus encantos robaban a mi vida profesional, añadiendo en el discurso algunos detalles de mis monos y de mis preocupaciones por su educación y bienestar y mencionando con unos breves silencios bien intercalados que ellos constituían el motivo fundamental de mis esfuerzos. Finalizaba el relato con una estudiada autocompasión –sutil asedio que nunca falla-, enfatizando la depresión y soledad del separado y, fingiendo una perentoria necesidad de apoyo, caía en sus brazos después de enternecerlas y vencer del todo sus defensas. Cuando deseaban indagar el motivo de mi matrimonio con semejante engendro solía responder que el amor nos conduce por extraños horizontes. Mentí asimismo acerca de mi profesión y aduje multitud de compromisos que me impedían visitarlas a menudo. Las confundí tanto con mi profesión y empresa que nunca llegaron a descubrir lo que vendía exactamente. Discurrí ampliamente sobre una representación exclusiva de regeneradores de energía, de collares y piedras curativas, de productos dietéticos.
Hubo una época en que aquella vida me parecía el mejor de los mundos, me lo pasaba en grande y me trasteaba a un regimiento de mozas de todas las tallas, con curvas y sin ellas, y con irregulares melenas de todos los colores. Unas estaban casadas, las otras divorciadas o separadas y también las había viudas. Algunas querían misterio y secretillos, otras deseaban tirar de un adulador tenaz o simplemente eran unas guarras especializadas en baile, yoga, gimnasias y todo tipo de artes orientales. Las había muy románticas, otras que siempre enredaban y algunas trataban de cazar a un pagano con millones de zalamerías. En fin, que de tanto verles el plumero me moría de la risa y cuando una se ponía borde, esperaba mi momento y le decía que la empresa me trasladaba de zona, que me mandaba al sur de la península y que lo principal era prepararme para mi nueva tarea, que no sufriera, que la amaba, que tuviera paciencia porque en cuanto me fuera posible reemprenderíamos el contacto. Que para nuestra recompensa de felicidad llegaría su momento. Luego eliminaba su teléfono de mi agenda y la sustituía por otra.
Convertido en Casanova de la red me encontré inmerso en experiencias sorprendentes. Y cuantas más acumulaba, más atractivo me encontraban, por lo que entré en una vorágine agotadora que me llevó a confundir nombres de mujer, pueblos y comarcas. Sin embargo conseguí, gracias a mi pequeño teatro, una exhaustiva agenda de féminas voraces a punto de caramelo.
Con el tiempo el aburrimiento y el cansancio se apoderaron de mi hasta que me topé con una pájara exótica cuyo impecable dominio de las artes amatorias desafiarían mis principios. Lo primero que pensé de ella fue que se trataba de una furcia de altos vuelos aunque jamás pidió lo que yo no deseara regalarle y acabé por seguirle la corriente hasta extremos indecibles. Fue la primera de todos mis trofeos que en plena cópula tuvo la desfachatez de meterse con mis piernas. En un tono meloso, que no inspiraba confianza alguna, mencionó la larga lista de mis defectos y complejos hasta franquear el límite de los límites. Que si eran gordas y velludas, que si parecían de criatura circense, que adónde iba un hombre tan atractivo y ejemplar con aquellas patas de elefante y pies de camello. Y terminó puntualizando que mi aire de pavo real no encajaba con tanta vulgaridad, que debería bajar ante ella la mirada y no desafiar al mundo con mi bálano. Atónito ante su sermón, permanecí en silencio. Al día siguiente prosiguió su maléfico discurso con el reproche de que la atractiva pelusilla de mi barbilla -que tanto me costaba mantener en la medida justa- magullaba su delicada piel. Y después de todas sus ofensas y condenas terminó exigiéndome que cubriera aquella parte de mi cuerpo que tanto aborrecía. Y para dar muestras de su generosidad y exquisitez, me obsequió con una docena de pareos que debía devolverle al término de nuestra relación. Y así, amonestando, regañando, juzgando y sentenciando con unos silencios que gravitaban en el espacio como una bomba que aplacara cualquier movimiento espontáneo, tuve a la hembra henchida y mofándose, pero sobre todo arrojando mugre sobre mis hombros, mi cabeza y mi alma entera, día y noche, sin descanso.
Tengo que decir en su favor que era una mujer pequeña, prieta y pizpireta y como gata, de las que mejor lamía. Que me gustaba enormemente, que todo en ella era chiquito y que ignoraba impertérrito sus impertinencias. Solía exponer una particular y sorprendente filosofía. Mencionaba a menudo que su vida se regía por cinco estrellas que se las otorgaba el cielo por unas insospechadas habilidades que adquirió en la escuela “Sofisticación Sexual, Eros y Tiempo” en un cursillo acelerado que le financió en Londres un generoso amante al que capturó como azafata de negocios. La primera de las estrellas consistía en besar con un suave y tierno masaje que iba acompañado por los movimientos circulares de su cálida manita que, coronada por uñas afiladas y recién pintadas, se desenvolvía bajo el pareo como graduada cum laude en trabajos manuales. Solía dar por terminada la operación formando una enorme flor con la tela salpicada con un estilo bastante cómico. La estética de esa flor constituía la segunda estrella por lo que se esmeraba sobremanera en la Mise en Scène. Debo manifestar que las últimas sesiones me pusieron los pelos de punta, la piel de gallina, enardecieron lo más subterráneo de mi cuerpo y que el movimiento continuo de su pubis depilado y untado de miel colmaba todos mis apetitos. La sangre circulaba por mis venas como un Ferrari y el vibrante cosquilleo de la velocidad me impulsaba perplejo hacia aquel coño mínimo cuya única velluda línea marcaba la diana donde se estrellaba mi invencible deportivo. Perdiendo el sentido, la orientación, el equilibrio e incluso el mismo aliento, terminaba empotrando mi rostro entero hasta concluir con su tercera estrella, que consistía en un intenso y fugaz espasmo donde el macho naufragara en una fumarola de efluvios femeninos.

Y ese es el relato de como recuperé mi complejo de paticorto, que con la alegre batería de mujeres oriundas de poblachos donde vendía mi maletín vacío, había superado.

Y como todos ustedes se preguntarán por la modalidad de las dos últimas estrellas, tan sólo revelaré que la cuarta era un sofisticado modo de atar mi cuerpo con sus mínimos y lujosos atuendos de aviesa meretriz mientras iba profiriendo insultos e infligiendo heridas a mi carne inmóvil con el fin de despojarlo de todo aquello que tanto la ofendía hasta que exhausta concluía la función con un rápido bucle hincándose como una banderilla en una performance que nunca decrecía .
Y por último, para terminar de satisfacer su curiosidad de amable lector, la quinta estrella era el fin de su tan personal película, Arco iris de vicio, el azote de los altos estudios pornográficos que ella inventaba con sus técnicas de la escuela “Sofisticación Sexual, Eros y Tiempo” y que consistía en vestirme de mujer con unos trajes de cuarta procedentes de organizaciones caritativas y obligarme a mantener relaciones lésbicas como colofón de una sesión de humillaciones y variados estragos que la Gran Maestra, elegantemente vestida y maquillada a lo Dandi, con sombrero, bigote y fusta, me infligía como pretencioso macho a su sumisa sirvienta.
Pasé unos años de miseria, dependencia y oprobio asistiendo a todas las sesiones que ella me preparaba hasta que me percaté de que me había convertido en un esclavo real, en un hombre sin razón y sin motivos, sin nada fundamental para vivir. Era un pelele viviente, un calzonazos, un miserable estúpido dominado por un apéndice de mi cuerpo y ella una tonta desvergonzada. Y fue justamente en el momento de mi despertar cuando comencé a atar cabos sobre distintos errores cometidos por el Dandi. Así que tan sigilosamente como podía hacer como hombre manso, aproveché un despiste de mi maltratadora para despojarla de su disfraz y descubrir que la hembra que había bajo el traje era una de mis amantes pueblerinas, una de las muchachas que seduje en mi época de casanova de provincias. Acto seguido la sujeté con todo tipo de correas e introduje su cabeza de Dandi en la taza del inodoro donde oriné y defequé con el fin de obtener una confesión completa. El bofetón de falsedad que magulló a mi genuina Gran Maestra me humilló más todavía que todas las rarezas de mi Dandi.
Después de una asamblea de mujeres organizada por una de las que de mí se había enamorado y que tuvo la osadía de investigarme a fondo contratando a un detective, acordaron pagar entre todas a una puta de lujo para lo que realizaron un casting muy selectivo pues conocían todas mis debilidades y pretendían que me manejara con el fin de degradarme hasta vestirme de fregona bajo los pies de todas ellas. Una vez finalizado el excelente trabajo de la Gran Puta cada una de las muchachas representó al Dandi por riguroso orden y consideraron vengado el abuso al que me entregué al divorciarme de mis monos.

Y así fue cómo resolví que el apuesto Dandi que me castigaba con mil latigazos, hostigaba y envilecía mi persona no era la brava, sofisticada, pequeña y prieta hembra que me había seducido sino la agenda entera de mujercitas que se habían confabulado para juzgar al varón y aplicarle un correctivo.
Y para despejar las dudas de cómo acabó todo aquello debo comunicarle amable lector que actualmente soy gay, que tengo una pareja a quien no le importa que sea velludo y paticorto y que ambos convivimos felices en una ciudad gayfriendly de la aldea global donde nos ganamos muy bien la vida y no tenemos que mantener a mujeres ni adquirir la onerosa parafernalia que los heterosexuales necesitan para alimentar ego y fantasías.
Y como tampoco nos interesa reproducir roles no gastamos en hijos ni en mascotas más de lo estrictamente necesario ya que como comprenderán no puedo olvidarme de mis monos, aquellos que un día engendré con la mujer monísima con quien formé aquella perfecta familia de monines. Así que he conseguido prescindir en lo posible del teatro que alguien se inventó un día para fastidiarnos. A nosotros, a los hombres.


KALKA
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Cuando Kalka colgó el teléfono sintió la punzada del desamor. Rota la relación con su marido y con precarios vínculos afectivos, su mundo se tambaleaba. Qué distinta era de aquel idílico juego que había imaginado. Conoció a Gregorio cuando por inocencia, rebeldía y por un sinnúmero de razones ambos albergaban la convicción de llegar a vivir de forma diferente a sus mayores. Impulsados por una vigorosa energía se dirigían con firme determinación hacia su transformación personal. La comodidad de adaptarse a la vida burguesa ocultando vicios y desmanes y convirtiendo el disimulo en un modo de vida, les parecía digno de desprecio. Deseaban una vida bella, nítida, sin máscaras ni armaduras pero el tiempo aniquilaría su ingenuidad y los embates de la vida la condujeron al estado emocional en que se hallaba al aterrizar en París Orly. Después de su llamada perdida desde Milán desconectó el móvil y  supo que era definitivo, que ella y  Gregorio no tenían nada más que decirse.

Saber Amar: Jóvenes Románticas
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Ante las palabras de Dan, a Lianne le pareció como si el humo que había en la habitación la envolviera y se la llevara dulcemente por la ventana. Vio a los pájaros volar de rama en rama y a las ardillas saltar entre los troncos. De pronto percibió como el cielo estrellado penetraba por los ventanales. La luna llena resplandecía y las estrellas fugaces trazaban finas líneas plateadas en el firmamento. Se podía oír el movimiento de los animales salvajes entre el follaje y el sonido de las ramas balanceándose al ritmo del silbido del viento del oeste. En aquella zona de Mendocino se distinguían miríadas de estrellas que salpicaban el azul cobalto que junto a los enormes brazos de las sequoias majestuosas, les servirían aquella noche de cobijo, de envoltorio en un lecho ajeno, mudo testigo de tantas horas de amor, de ternura y de sueños maravillosos. Y, aunque de vez en cuando, el espectro de Dan ocupaba los pensamientos de Lianne cual águila altiva, el espectáculo paisajístico lo inundaba todo.

San Francisco era una ciudad en la que el cambio era una palabra mágica. La gente cambiaba constantemente de casa, de empleo, de amante, de estudios, de imagen, de carácter, de alimentación. Lo importante era el cambio, el movimiento y seguir en la ola. Cambios que comportaban  problemas e inimaginables sorpresas. Todo se volvía superficial y anecdótico.Cuando le tomabas cariño a algo o a alguien, ¡zas!, ya había desaparecido. Y este vaivén constante provocaba infinidad de equívocos y frustraciones. La gente era más consciente de su soledad. Nada era seguro ni constante. No había lazos, ni ataduras, ni refugios. Sólo estabas tú con la novedad, la aventura y el increíble recuerdo.

 
GOLDEN: continuación
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Las gotas de la lluvia sonaban como dardos sobre el capó del automóvil y un pinchazo en el estómago lo retuvo. El camino que solía tomar para regresar a su casa había sido cortado, y la afluencia de tráfico le sacó de sus casillas incrementando el estrés sostenido de los últimos tiempos. Abrió las ventanillas y dejó que su rostro se mojara. Respiró hondo. El agotamiento le impedía la marcha y en algún momento temió por su salud. 

-Putas! –chilló con furia, alzando la vista y aporreando el salpicadero. Luego, como si se diera por vencido, se recogió el pelo húmedo con las dos manos y ocultó la cabeza entre sus musculados brazos, que suavemente se apoyaron en el volante.

El vaivén de emociones fue extremadamente rápido y su estado solo fue descubierto por un extraño entre la multitud. Alguien quizás acostumbrado a alimentarse de sensaciones ajenas, un ser angelical o un pobre diablo, un punto de inspiración o desánimo, un caminante que gusta de juzgar y sentenciar. 

Arrancó el vehículo y reanudó su rumbo. Un corto trayecto lo obligó a enfilar hacia poniente. No activó el gps a causa de los conflictos que le ocasionaba y, aunque la intensidad de la lluvia había disminuido, la visibilidad seguía siendo escasa. Serpenteando calles, rodeando plazas y dejando atrás pasajes, se encontró de pronto deslizando la vista por edificios, comercios y unos transeúntes que se desenvolvían con dificultad bajo sus volátiles paraguas mientras hilos de neblina rozaban con sus alas la luneta del automóvil. Bajó la ventanilla otra vez tratando de vencer la ansiedad.

-Patético! –gritó como si escupiera al asfalto. Acudían a su mente difusos  recuerdos de un mundo que no deseaba revivir. 

-Dios mío,  el colegio! –exclamó inquieto frenando en seco. 

Si el extraño mirón que intuyó la profunda inseguridad de Golden no hubiera huido tan deprisa, quizás habría añadido a su sentencia más calificativos. Otros ciudadanos podían asimismo entrometerse y chismorrear con las mil caras de su caleidoscopio para lincharle mejor. Pero Golden, al recuperar su entereza, no era ya blanco de miradas indiscretas y  proseguía su camino cada vez más hambriento. 

-Putas! -repitió obsesionado con las recién llegadas que el jefe de la agencia de publicidad que él dirigía  había contratado sin su consentimiento. Talentosas artistas y modélicas ejecutivas que le pinchaban sin cesar. 

Y como varado en su pedacito de ciudad, las imágenes de maestros y compañeros del colegio sombreaban a las tenaces publicistas que lo censuraban y marcaban su día a día. Sin embargo, tal como tenía previsto, una larga etapa de su vida iba a concluir y aquel lunes lluvioso de junio era probablemente su último día.  

Retazos de su pasado, postales de juventud, cabos sueltos que nunca conseguiría anudar y detalles que para otro eran insignificantes, afloraban de pronto en él como raíles de emoción imposibles de liquidar. Se preguntaba inquieto si todo había sido una pesadilla programada por seres ajenos.  

Al ritmo de unos minúsculos pasitos se vio regresar de la escuela por calles grises y paralelas bajo la presencia tosca de unos Plátanos sin hojas que ahora, frondosos y húmedos, lo juzgaban con menos rigidez. Los ojos de la memoria avistaban su llegada al edificio familiar con el antiguo portal restaurado, el lento ascensor de caoba, la actividad de la cocina a la hora de la merienda, el pan con chocolate, los gatos dormitando entre cojines, el vaivén de la cola del perrito, el desordenado dormitorio que compartía con su hermano menor, el cuarto de los juegos con un tren eléctrico, bártulos y cachivaches que se le aparecían con la misma fuerza que aquella indeleble imagen de pequeño ejército con generala al frene marcando las reglas de la tropa. Y aunque veía con nueva luz a su madre, no podía sustraerse a unas impresiones controvertidas e inconfesables.  

Pertenecía a una familia acomodada. Descendientes de campesinos adinerados, su árbol genealógico contaba con unos industriales y banqueros de los que ella alardeaba tratando de estimular en sus hijos motivaciones de futuro. Para ella el linaje y el pedigrí debían ir unidos a unas sobresalientes notas, fundamento que debían comprender desde la más tierna infancia. Cualquier tipo de mestizaje la incomodaba y aunque aparentemente indulgente, solía vivir en una atalaya que se había construido con tesón. Fue demasiado hermosa y recta para que no la agraviaran y representó para su esposo, no el amor sosegado y duradero, sino un capricho primaveral. Su padre, un burgués cosmopolita, prefería los viajes de este mundo y solía conducir lujosos deportivos por las riberas mediterráneas  cortejando con éxito a las mujeres bonitas. La tropa de sus hijos olvidados se acostumbró enseguida a unos métodos perversos aprendidos al detalle en los recreos del colegio, e impuestos a su madre que, como generala derrotada, no tuvo más remedio que imitar para sobrevivir. 

Golden no sentía gran simpatía por sus progenitores pero no podía sustraerse al devastador vínculo que le exigía amarles aunque solo fuera por titularidad. 

En las calles anegadas de un mes de junio cualquiera, en plena madurez, cumplidos los cuarenta, seguía circulando a años luz de la realidad hasta que advirtió la hora en el reloj del automóvil. Aceleró con ímpetu y enfangó a una mujer que se disponía a cruzar la calle. Se detuvo, se apeó y vio a lo lejos cómo la mujer manchada desaparecía entre la niebla. Bajo la lluvia, con los brazos cruzados y la vista perdida en el corredor vial tuvo la sensación de que el tiempo se comprimía. 

El paisaje de su ciudad se le ofreció con la misma sombra de vulgaridad que tanta desazón le causó en su adolescencia cuando caminaba por las frías calles de invierno bajo las esqueléticas ramas de los mismos Plátanos de siempre. Se encontraba incómodo en aquel paisaje urbano y, como si reculara en el espacio, tuvo las mismas sensaciones que experimentó de niño cuando imaginó la ciudad llena de madrigueras.

Se introdujo en el vehículo y se distanció de sí mismo tratando de observar, como lo haría un extraño, al tipo que conducía su deportivo. Nada le parecía auténtico y un sudor frío descendía sus sienes. Tenía la certeza de que todo lo que hizo espontáneamente y sin pensar le salió bien y de que sus proyectos más preparados acabaron en fracaso. Avistaba a su alrededor con escepticismo mientras en su cabeza bullía una melaza de ideas. Había acumulado la fuerza suficiente para emprender su futuro con osadía pero tuvo que admitir ciertas grietas difíciles de asumir.

-A diferencia del aficionado que reflexiona antes de actuar –se dijo con suficiencia- el profesional actúa y piensa después. Y eso era él, un profesional, un afamado profesional. 

A Golden sus amigos le admiraban por su prodigiosa magia con el dinero, un elemento que a él le importaba mucho menos que el juego de la vida. Su carrera como economista fue brillante, y lo situó en una reputada empresa de publicidad que además de dirigir intachablemente, encumbró a un importante nivel en el ranking internacional. Las cuentas de resultados se incrementaron notablemente y se delegó en él todas las responsabilidades. Pero aquella trayectoria exitosa topó con un obstáculo con el que no contaba. La adicción al dinero de la nueva mujer del fundador impidió  la buena relación que ambos habían mantenido. 

-Se va a quedar pasmada –se dijo frente a los macizos en flor de su jardín al  accionar el mando a distancia que elevaba el portal del garaje. 

El largo recorrido ocasionado por los atascos había retrasado su almuerzo, y aunque trataba de olvidar a la nueva adquisición sexual de su jefe tratando de adivinar el plato que Juanito le había preparado, consideraba que aquella sobrevenida degradaba a su amigo y lo había colocado a él en una posición incómoda. Tuvo que morderse la lengua bastante tiempo pero por suerte se alejaba de aquel circo. Al subir la escalera sonó su móvil que sacó apresuradamente del bolsillo del pantalón. Al ver que se trataba de Carla no respondió. 

Durante mucho tiempo pensó que la causa de las grandes peleas que se producían entre él y su mujer se debían a la profesión de ella, que era modelo. Sin embargo, tiempo después, aunque sus reacciones le proporcionaban cierto placer, no echaba de menos los mimos que Carla le propinaba al principio de su matrimonio y se dio cuenta de que su mujer le era del todo indiferente. El mundo en general y su estilo de vida en particular le daban asco, pero lo que más le enfurecía era el juego maquiavélico de las frívolas farsantes que se estaban adueñando de la agencia de publicidad tratando de mangonear con sus embustes a su jefe y amigo. 
Carla llegaba a casa agotada por el trepidante ritmo de vida a que la obligaban las pasarelas y él no le ponía las cosas fáciles. Maltratando a su mujer y confundiéndola, siguió el mismo perverso guión aprendido en los patios del colegio y practicado con su ejército de hermanos y su madre, la generala. Al principio, observar como su esposa se transformaba en una enviada de Marte, en la vívida representación de Kali, se convirtió en su más ansiado objetivo. Luego, cargarse a Chanel -su amado gato bengalí-, le produjo uno de sus mayores placeres. La nueva situación familiar que su actitud creó y la epidemia de avaricia, rivalidad y rencor que se respiraba en el trabajo, decidieron definitivamente su futuro. 
Golden cuestionaba a muchos de sus colegas pero odiaba especialmente a la supuesta publicista que le pisaba los talones y aspiraba a la dirección, su puesto de trabajo. 
Comenzó ignorando a su familia y a la de Carla, y luego se distanció de los amigos. Los productos que él mismo publicitaba le daban grima y comenzó a abstenerse de realizar cualquier tipo de compra en las grandes superficies. Sintió un instintivo rechazo hacia los comercios, aborreció las oficinas bancarias, las aglomeraciones, la televisión, la informática, despreciaba las agencias de viajes, las aseguradoras, los multi-cines. Imaginaba un mundo menos esperpéntico y más simpático y se aislaba, en la oscuridad, escuchando música, que era lo único con lo que trascendía la mediocridad de su asfixiante entorno. 
En poco tiempo Carla se convirtió en un estorbo para su intimidad. Se dejó llevar por la idea de mudar de piel y, en la soledad de su cubículo, invocó un nuevo despertar que no tardaría en llegar. Ni siquiera su amante le importaba lo más mínimo. Solo se divertía con sus travesuras en los vernissages más cool de la ciudad sustrayendo de los bolsos de señora varios miles de euros que se entretenía en cortar a tiras con unas tijeras y en adherir tras los lienzos encumbrados por los más prestigiosos galeristas, valorándolos con uno, dos o tres pedacitos de billete. Se llevaba monederos, bolsitas y pequeñas cosillas de ancianas señoras que se dejaban caer al atardecer en las prémières picando aceitunitas, tomando copichuelas, charlando, inventando mensajes ocultos o cotilleando con desparpajo. Ellas ignoraban lo que Golden cambiaba de lugar, de bolso o simplemente arrojaba a la papelera del mismo modo que olvidaban sus bolsitos. 
Desde que se encontró sujeto a los caprichos de la última esposa de su jefe, el trabajo le daba náuseas y aunque algunos personajes, recién aterrizados en el mundo de la publicidad y el diseño, trepaban como koalas, él, gracias a la férrea disciplina que le inculcó su madre, seguía comportándose, muy a su pesar, como un ejecutivo modélico. Impidiéndoles seducirlo y neutralizándolas, permanecía alerta a todos los sistemas de telefonía, radio e imagen tan ampliamente empleados para manejar voluntades. Su paranoia había ido en aumento pero ahora estaba seguro de que no tardaría en erradicarla por completo de su vida. 
Comenzó a idear su nuevo plan en el más estricto secreto y lo fue madurando poco a poco sin detenerse demasiado en los objetivos. Su ductilidad era esencial y sin forzar los acontecimientos, planearía como un satélite entre sus nuevos business. Consiguió finalmente que el odio se adueñara de su mujer, algo que le venía de perlas para mantenerla alejada del affaire. Sabía que el matrimonio finalmente se pudriría y se divorciarían, otra circunstancia que también formaba parte de sus planes. Y vivía convencido de que aliado al fracaso, acertaría. 

Al sentarse a la mesa, mientras esperaba la llegada de Juanito con el almuerzo, lo incomodaban sus propias manos libres. Permanecer inmóvil sin nada que hacer lo desquiciaba por lo que agarró el móvil y tecleó un sms. Iba dirigido a Elizabeth, que era una joven y astuta periodista que contaba con un jacuzzi en la terraza acristalada de su loft desde el que Golden solía contemplar el mar. Quería verla y al mismo tiempo se resistía pero no tenía nada importante que hacer aquella tarde. 
Después del almuerzo se retiró al dormitorio y al incorporarse de su acostumbrada siesta, tomó una ducha, y mientras frotaba su cuerpo desnudo con una esponja marina que se le deshacía entre los dedos, inició uno de sus perversos monólogos. 
-Queridas mías, se acabaron los modelitos y las joyas, los masajes a diario, los pilates, el yoga y los aceites esenciales. Vuestros drenajes linfáticos, saunas, hielos, peelings y baños de sales. ¡Se acabó queridas amigas! ¡Os quedaréis sin cruceros y resorts! ¡Y pronto volaréis en lowcost y con chulos de tercera! 

-Tesoro mío, talentosa cretina, vas a conseguir lo que tanto anhelas. La dirección de una de las agencias de publicidad más punteras será tuya, pero con un sinfín de complicaciones que todavía ignoras. ¡Vas a tragar sapos querida, ni lo dudes. No puedes imaginar lo que te estoy preparando, ángel mío! 
Al salir del baño se introdujo en el vestidor donde se conjuntó de negro bajo un blazer de terciopelo marrón oscuro que se molestó en arrugar frente al espejo. Derramó, para concluir, un bote entero de betún de Judea sobre su ropa y gritó eufórico:

-Mis queridas mujercitas, Ja, ja,ja!!!!!!

Se colocó en un bolsillo interior los preservativos que unos días antes adquirió y rompió disimuladamente colocándolos otra vez en su envoltorio para que parecieran nuevos. Se asomó a la ventana y comprobó cómo la tormentosa mañana había dado paso a una tarde despejada. Bajó las escaleras a toda prisa, se subió al bmw y desapareció velozmente. 

Elizabeth abrió la puerta envuelta en un vaporoso quimono que al andar  descubría su pálida desnudez así como unas mínimas piezas de lencería. Después de besarla y deslizar sus largos dedos por la suave piel de la muchacha se tomó un daikiri. Después de sus habituales prácticas amatorias, Golden trató de olvidar los peores pensamientos del día, inmerso en el jacuzzi y contemplando la nívea y esquemática luna trazada en un cielo sereno. Y Eli, convencida de haber franqueado los límites, despanzurró perversamente a las gerifaltes de la moda tratando de averiguar la opinión que a Golden le merecían. 
En un acto concluyente él se incorporó chorreando y dijo:
-Cariño, ya se que a veces crees representar el papel de esposa, pero por Dios, déjalo ya. No eres más que una amante, querida, acéptalo. Cuántas veces tengo que repetírtelo ¡Vayámonos de una vez de ese chamizo! 
-Dulce y delicada. Lo sé amor mío, está inscrito en mi piel -respondió anhelando el afortunado día que abandonaría de una vez por todas aquella ciudad provinciana y a los tipejos con los que se acostaba. 

-¡Femenina! ¡Solo femenina! 

-Sí querido, siempre suave y femenina para ti. Estoy deseando salir, -respondió envolviéndose en una toalla y esforzándose en no clavar sus afiladas uñas en alguna parte mientras se encerraba en el vestidor-.

-No te duermas –le ordenó él repantingado en una butaca Le Corbusier mientras hojeaba un libro de fotografía-.

-Tus propuestas nocturnas siempre me han fascinado –replicó Eli al maquillarse-.

A aquellas horas de la noche la zona donde se encontraba el almacén del nuevo socio de Golden permanecía desierta. Después de estacionar bajaron por una escalera de metal que conducía a una puerta lateral. Un amplio sótano repleto de obras de arte la sorprendió pero permaneció en silencio. El corte de Golden la había herido. Cajas, pinturas, esculturas, columnas, obeliscos, espejos y la más indescriptible serie de dioses de todo el planeta se ofrecían al visitante en caótico desorden. Todavía sorprendida, se dejó envolver por el espacio atiborrado y misterioso serpenteando con agilidad no exenta de inquietud entre las hileras de objetos mientras Golden se encerraba en un sombrío despacho. Lo estuvo observando discretamente a través de una pequeña ventana interior y vio como sacaba una agenda de una pequeña caja de caudales y como marcaba con ansiedad un número de teléfono. Mientras caminaba deprisa de un lado a otro del cuchitril sostenía con las dos manos un modelo antiguo de teléfono y cambiaba de expresión a medida que la conversación avanzaba. Elizabeth, estremecida al sentirse testigo de algo poco habitual en él, se escondió al verlo colgar. 

Al salir del cubículo una nauseabunda aprensión a las antigüedades acometió a Golden y frente a las esculturas funerarias recién incorporadas a la colección, sintió un escalofrío. Su característico olor le repugnaba. Medio aturdido por el remoto pasado, recordó su exasperante viajecito matinal, el colegio, la sensación de agobio que le producían sus peculiares colegas. Oyó de pronto un ruido y atisbó algo que se le caía encima. Con un movimiento rapidísimo giró sobre sí mismo y le atizó un golpe seco con un cetro que empuñó al vuelo. Un bulto se desplomó a sus pies. Advirtió, tras un breve despiste, que era el cuerpo de Elizabeth lo que yacía junto a él. Se había concentrado tanto en la llamada que había olvidado por completo la presencia de su amante en el almacén. Tomó asiento a su lado y observando con placer su languidez de diosa griega, rememoró los mejores momentos de su affaire. Súbitamente unas palabras emergieron de las profundidades de su garganta:  
-Bon voyage, querida!  –le deseó mirándola tiernamente-. ¡Demasiadas agentes encubiertas! –exclamó aturdido por la situación.
Excitado por lo sucedido y nervioso por el delicado negocio que emprendía y por el secretismo que lo acompañaba, al ver unos tejidos desparramados por el suelo formando un montículo y unas larguísimas tijeras sobre una mesa de embalaje, no se pudo resistir a utilizar su objeto de culto más preciado para empaquetar al último de sus incordios. Cortó a toda prisa la tela en forma de vendas mientras recordaba las aventuras de su admirado Tintín y, a los pocos minutos de fajar el cuerpo, murmuró: 
-Pecosilla, ese es el más vanguardista de tus modelitos. 
Cuando hubo concluido la operación, depositó el cuerpo inerte en un sarcófago junto a las balas de algodón egipcio y recogiendo los enseres de Eli, agregó indiferente: 
-¡Tu modernidad me aburre! 
Abandonó rápidamente el edificio. Necesitaba airearse, cruzarse con extraños, con volúmenes sin rostro, con seres como el indeterminado ciudadano que le había estado observando aquella mañana lluviosa de junio, como la mujer a la que había rebozado en fango. Y confundiéndose entre noctámbulos, se dejó acariciar por la brisa marina. Anduvo hasta el amanecer y cuando la gente sin rostro se multiplicaba, adquirió el periódico y se alejó del bullicio. Una vez en el estacionamiento se introdujo en su vehículo y, pesar de que la fatiga le vencía, se sentía bien.
Una vez en casa embutió la ropa de su amante en unas enormes bolsas industriales repletas de vestidos de otras temporadas de Carla. Sabía que Juanito iba a depositarlas aquel mismo día en los containers del supermercado. Y ya a pleno sol, recordando aquel día lluvioso como el primero de su nueva vida, alcanzó la cama satisfecho de sí mismo.


 

 

LOS PASOS DE ADÉN: Otros Capítulos
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3.LA PIEDRA DEL NILO


Andar con ritmo y aprisa bajo un calor sofocante, entre basura y aroma de especias, miradas altivas y penetrantes, sonrisas amables. Rápido. Una parada. El paso del tiempo cayendo en cascada. El té, la pipa de agua, de bambú, las risas. Y de nuevo chilabas volando, pasos afilados, paredes inquietantes, oscuras, puertas infranqueables. Oír los gallos al amanecer, los artesanos abriendo sus talleres, los comerciantes sus bazares. Ver, sentir y seguir en silencio el polvoriento camino.
La primera vez que Jaime Carvajal llegó a El Cairo no podía salir del asombro constante. Tan distinto era todo a su país que tenía la sensación de estar retrocediendo en el tiempo. Tan desconocido y sin embargo tan familiar. Después de finalizar la carrera diplomática su primer destino fue la embajada española en El Cairo, donde ocupó el cargo de secretario. Conocer el país y sus gentes le producía un extraño placer.
Alquiló un apartamento en la calle Champollion, cerca del Museo Nacional, donde pasaba el tiempo contemplando objetos fascinantes que se exponían en sus vitrinas como un conjunto desordenado de bagatelas.
En un cafetucho cercano al museo conoció a Farûq, escritor y periodista del periódico Al Ahram del que se hizo amigo de inmediato. Era un hombre amable y educado nacido en El Cairo cuyos viajes a través del Nilo, del Egipto faraónico y secreto, así como a cuantos lejanos y maravillosos lugares donde su desbordante imaginación le conducía, enriquecían su vida y la de quienes le rodeaban. Amaba la lectura y la charla y ofrecía a sus amigos un mundo rico con innumerables matices que convertían las veladas con él en apasionantes experiencias. Carvajal se sintió muy bien recibido. No podía pedir más. De cuanto le contó Farûq lo que más le impresionó por el tono místico que empleó fue lo que un viejo que frecuentaba la mezquita Al-Azhar le dijo de niño: “Ve a las corrientes del Nilo y allí encontrarás una piedra que tiene un espíritu”. Jamás lo olvidaría. Y Farûq conservaba su piedra como el más preciado de los tesoros. Carvajal pasó con él muchas horas charlando mientras paseaban por callejones y avenidas. Conocía ya a la mayoría de sus amigos cuando una noche en compañía de Saleh y Ahmed cenaron bebieron y fumaron sus nargilés alrededor de una fogata en Gizeh.
Noche clara de luna, las silenciosas y enormes moles funerarias parecían proyectar las infinitas estrellas en una bóveda de vacío. Farûq sacó de su bolsillo la piedrecilla y se la mostró:
-Es mi piedra exclamó con satisfacción.
Carvajal percibió un intenso brillo rojizo durante un momento, porque Farûq la escondió de inmediato como si su preciosa posesión le otorgara un milenario poder. Un hormigueo revolvió el cuerpo débil de Carvajal que se vio obligado a incorporarse y caminar. Farûq lo observó atentamente mientras seguía charlando.
Alejándose del grupo, subió algunos bloques de la pirámide de Kefrén. Se sintió mejor al alzar la vista y respirar profundamente bajo la inmensidad celestial. Desde allí vio como Saleh se le acercaba e interrumpiendo sus pensamientos le preguntó:
-¿Sabes que tan sólo una de esas piedras pesa más de dos toneladas y que algunas pueden alcanzar las quince?
Carvajal no respondió. Observaba la base de la pirámide de Kheops y deseaba estar solo. Había distinguido algo, como si la luz nocturna se concentrara en un punto del terreno cercano a la gran pirámide y dos sombras humanoides emergieran de la tierra. Con la mirada fija en aquel espejismo oyó de nuevo la voz de Saleh que le preguntaba cómo enterraban a los reyes en su país. Apartado bruscamente de su fantástica visión se oyó citando El Escorial de los austrias y los borbones, pero su mente quedó anclada en las siluetas que se manifestaron y desaparecieron en el aire.
Pensó en los ka -espíritus de difuntos-, y en el ba -su alma. Recordó que en las tumbas se depositaban unas estatuas destinadas a albergar el ka del difunto y que muchas de ellas estaban ahora en el Museo Británico, el Louvre o el Metropolitan. Y se dijo a sí mismo, bromeando: “La reina Hetepheres ha salido a ver la luna con su hijo Khufu, quizás prefiera la intemperie y el paseo a su lecho de muerte o a un desvencijado mueble en el museo de El Cairo”.
Saleh siguió hablando:
-Toda nuestra tradición ha sido alterada. Apenas queda nada en las sepulturas. Saben mucho más de nosotros en otros países.
-Hay que nacer y crecer en un lugar para conocerlo -terció Carvajal educadamente pero hastiado de que Saleh le estropeara su pequeña inmersión en aquel paisaje sugerente y sorprendente. Entonces se incorporó.

Jaime Carvajal dejó Madrid en plena crisis de identidad. Se alejó de sus amigos y todo comenzó cuando una mañana despertó con una extraña obsesión. Se preguntaba si era lo que creía ser o las ideas o idea que sugiriera a los demás. Quizás le tomaban por personas distintas, poniendo el énfasis en el concepto que más les agradara u odiaran, convirtiendo la idea figurada en objeto de un juego perverso. Se vio a sí mismo como muchos Carvajales distintos en mentes ajenas y a sus amigos como un cúmulo de ideas que sobre ellos había confeccionado su propia mente especulativa. Se obsesionó con esos pensamientos hasta llegar a la conclusión de que los humanos no eran más que formas que sugerían ideas e ideas que creaban formas.
Siempre pensó que a los amigos no había que cuestionarles pero entre ellos se estableció una conducta, una forma de vestir, unas ideas compartidas y en su conjunto formaron un grupo compacto y limitado. Convenciones que acabaron por resultarle molestas y perturbadoras porque progresivamente se fue transformando en uno de ellos. Y no deseaba convertirse en mosquito, cerdo o caimán. Quería ser libre. Sin embargo la soledad en su ciudad se le hacía asfixiante.
La vida para él era el equilibrio entre posibilidades, riesgos y circunstancias, y la eventualidad del elemento sorpresa, algo que no merecía la pena ni considerar. Sin embargo los caprichos del azar le inducían a especular sobre el misterio y su poder de transformación. Por suerte se trasladó a El Cairo y con la novedad se sentía muchísimo mejor. Farûq, tan distinto a él, le estimulaba con su compañía enriquecedora.

En el museo se familiarizó con los dioses y con el mundo funerario a través de sus representaciones y de los objetos destinados a acompañar a los muertos en su último viaje. Los ka formaban parte de la tradición funeraria egipcia desde tiempo inmemorial. Vivos y muertos integraban distintos estados de una misma comunidad. Esa noche, con la sensibilidad quizás algo alterada por la cena y el clima, avistó unos fantasmas que deambulaban plácidamente por las inmediaciones de las pirámides y eso le hizo pensar en que el camino que seguía el fallecido después del trance en las representaciones era muy parecido al rutinario día a día de los vivos.
Ensimismado y con la mente vagando de un lugar a otro recordó otra vez lo que le dijo a Farûq el viejo de la mezquita: “Ve a las corrientes del Nilo y allí encontrarás una piedra que tiene un espíritu”. Dijo también que uno conseguía su talismán y su amuleto. Que todo era cuestión de tiempo y que una vez conquistado no se perdía jamás, ni siquiera la muerte constituía un límite a ese poder. Recordó el destello de la piedra que Farûq le mostró junto al fuego antes de su visita al silencioso sepulcro cubierto por aquel jardín de estrellas inimaginable para un urbanita como Jaime Carvajal que antes de partir se debatía en la oscuridad de unas ideas trasnochadas.
Saleh caminaba a su lado. A lo lejos Ahmed Chijany y Farûq Auad conversaban fumando en sus nargilés junto a la lumbre ya escasa. Al llegar tomaron asiento discretamente.
Farûq introdujo a Carvajal en el islamismo aclarándole algunos conceptos que solían generar confusión entre los occidentales. Comenzó indicándole que la Charia solía traducirse por ley islámica pero que en árabe no significaba ley sino camino o manera y que ése era el sentido de su uso en el Corán, cuyo espíritu es de compasión y clemencia y no de castigo y venganza. Dijo que los islamistas utilizaban el término para aludir a la jurisprudencia de los abogados musulmanes de la Edad Media y dividían el mundo en zona de paz y zona de guerra. Así que, para los militantes, la zona de guerra debía ser conquistada y subyugada mediante la Guerra Santa o Yihad.
-Sin embargo -insistió con rotundidad- en el contexto coránico Yihad significa autocontrol y autoperfeccionamiento.
Ahmed añadió que debía entender que los luchadores islámistas partían de la base de que el Islam era la única religión válida y que para ellos la Charia era un instrumento para el autoritarismo y la Yihad la justificación de la agresión.
Saleh preparó sus nargilés y sirvió el té aportando a la conversación su punto de vista.
-Tenemos un país arruinado y endeudado Jaime, un gobierno corrupto y un pueblo hambriento. Se supone que se debería hacer algo. Si quieres conocer más a fondo el problema puedes hablar con Baha que es un hombre sabio.
Farûq y Ahmed se lanzaron una mirada cómplice que Carvajal no supo cómo interpretar.
-Leí en alguna parte que un ministro de Mubarak intentó una negociación con extremistas a través de los islamistas más reputados.
-Abdel-Halim Moussa fue destituido en 1993 -respondió Farûq turbado. Los islamistas también están divididos pero algunas organizaciones confluyen en un proyecto estructurado desde hace más de diez años.
Y fulminando a Saleh con la mirada añadió:
-Es cierto que tenemos un país arruinado pero no queremos hundirnos en la mugre.
Había refrescado y la noche se perdía en la cima de la oscuridad. Una estrella fugaz recordándoles el rápido acontecer de las horas señalaba el momento de partir y los cuatro hombres emprendieron el camino de regreso charlando vagamente de la simbología de su religión.
El semblante de Farûq se había ensombrecido desde que Saleh mencionó a Baha. También advirtió en Saleh una actitud algo hostil hacia sus compatriotas. “¿Quién podía ser Baha –se preguntó Carvajal. Algo entre ellos había sucedido y la tensión contenida inundó el automóvil en su regreso a la ciudad. Detenidos en un semáforo las palabras de Farûq, como brotando del interior de un volcán, cortaron la espesa atmósfera.
-Tienes que conocer a Zeinab, Jaime. Es la más hermosa de mis mujeres.
Y sonriendo añadió:
-¡Y la más lista! Va a dar una cena a la que desearíamos que asistieras. No quiero excusas porque allí encontrarás a mucha gente que te puede ayudar a conocernos mejor.
Cuando Carvajal entró en su apartamento comenzó a darle vueltas a algunas de las cuestiones que se habían tratado aquella noche. Se percató de que pisaba arenas movedizas, un terreno demasiado resbaladizo para un funcionario novato como él. Farûq Auad colaboraba en el periódico Al-Ahram además de tener varios manuscritos pendientes de publicación. Ahmed Chijany era un hombre comprometido cultural y políticamente a través del cine y Saleh, de quien nada sabía, sólo se entrometía en sus asuntos y quería presentarle tipos dudosos para los demás. No le dio demasiada importancia pero le aterrorizaba verse involucrado en política, ya que todo lo que rozara islamismo yihadista era muy peligroso y por mucho que le aburriera Madrid todavía tenía en cierta estima a su mediocre vida. Los fundamentalistas gozaban de un poder cada vez mayor y tenían organizaciones operativas. En el sur del país se habían producido grandes disturbios y en el norte, en Qalubia, acababan de denener a 130 rebeldes.
Farûq le comentó con desprecio todo lo relativo a la censura a través de las Oficinas de Autorización de la Prensa y la influencia de Al-Azhar sobre el gobierno, los editores y los distribuidores. Se investigaba a periodistas, escritores, cineastas, dramaturgos, y se llegaba a la intimidación, el acoso e incluso se utilizaban métodos más contundentes de presión. Afirmó que cuando Al-Azhar censuraba, los extremistas tenían excusas más que suficientes para sus malévolas acciones.
La vida no era fácil para ellos pero Carvajal no quería ensuciarse con la política, era un tema demasiado prosaico para él. Aspiraba a conocer un nuevo paisaje, no pretendía analizar su mundo. Leía con fruición la vida de los faraones, se perdía en los monumentos funerarios imaginando todo tipo de aventuras, sus costumbres le turbaban y su cocina le parecía un manjar exquisito. Los nubios y la música sudanesa le volvían loco y fantaseaba constantemente inventándose mundos ficticios con personajes exóticos en palmerales barrocos. Odiaba ser funcionario pero de algo tenía que vivir y de sus amigos egipcios aunque adoraba su personalidad, le incomodaban sus sermones políticos. Si Farûq y Ahmed hablaban les escuchaba por educación pero a partir de cierto punto desconectaba regresando a sus ilimitadas fantasías. Se entrenó en respuestas ambiguas para no ofenderles cuando la atención confluía en él. Y hay que decir que se sentía satisfecho porque lo fue haciendo cada vez mejor.





4. LA FIESTA DE ZEINAB


La fiesta que dio Zeinab para celebrar la publicación de uno de sus relatos representó para Carvajal un mosaico viviente. En un ambiente abigarrado, el olor a incienso aturdía nada más entrar, la música cautivaba, la variedad de las gentes con sus multicolores vestimentas sorprendía y los especiados sabores de la comida se sumaban al hechizo. Nada de cuanto había vivido hasta entonces le había producido esas sensaciones. Andaba como un sonámbulo pero se mostraba despierto y cordial cuando alguien se le acercaba. Y como de costumbre vivía más allá de los murmullos en su particular dimensión.
Zeinab era una mujer de extraordinaria belleza, pelo negro, grandes ojos verdes rasgados, piel aceitunada, labios rosados y carnosos, un cuerpo que rozaba la perfección. Con su aire sensual y atractivo tenía carácter, y mostraba hacia Farûq respeto y ternura. Carvajal prestó atención al conmovedor fulgor rojo de una piedrecilla engarzada a un finísimo Lazo de Isis que colgaba de una cadenita en su cuello. Su luz era como la de la piedra de Farûq y a Carvajal ambas le recordaban las brasas en la arena del desierto de Gizeh.
Hoda y Naïm gozaban de otro tipo de belleza. Hoda, bajita y rellenita, de piel clara y pelo castaño, con unos ojos grises y un cuerpo recio que insinuaban una feminidad felina, vestía a la manera occidental, aunque los grandes collares, pendientes y pulseras le daban a su aspecto un inconfundible aire oriental. Solía acompañar a Ahmed aunque no tenían vínculo público.
Naïm, alta y delgada, de piel oscura, porte aristocrático y ojillos negros, agudos y chispeantes, irradiaba un aura lúcida e iluminada. Vestía un espléndido kaftán y lucía joyas discretas y elegantes. Era una pintora de éxito. Carvajal se interesó de inmediato por ella, pero estaba casada. Fâris, su esposo, era un príncipe de origen saudí delegado de American Express en El Cairo, vinculado con algunos de los amigos de Ahmed, por los que mostraba a veces una prevención obsesiva. Con aspecto de chistoso ocurrente se hallaba asimismo entre los invitados y según la aguda observación de Carvajal, aquél y Naïm parecían efectivamente seres de diferentes galaxias. Todo tipo de luces cegaban a Jaime Carvajal aquella noche y junto a Naïm se sintió navegando plácidamente en una barca solar por un Nilo iluminado bajo crepúsculos violetas. Sin embargo, a alguien no debieron gustarle los ojos con los que la miraba y un brazo los separó con premura. Anduvo tras ella pero no consiguió encontrarla hasta el final de la fiesta.
Empresarios, funcionarios, artistas, intelectuales, políticos o vividores se codeaban con naturalidad. Parecía el fiel reflejo de un mundo cosmopolita y civilizado. Saleh gesticulaba enfáticamente con Hussein, un yemení con quien llegó acompañado por Marie y Sophie, dos lesbianas francesas viajeras con fama de sensibles y generosas que, indiferentes a sus acompañantes, se unieron a un grupo que charlaba animadamente.
Ahmed llegó con Brian, un artista trotamundos que se dedicaba a las antigüedades y a la almoneda. Ahmed y Brian se habían conocido en Londres y el muchacho, prendado por el mundo faraónico de El Cairo, siguió a su amigo-profesor que lo introdujo rapidamente en aquel pequeño mundo de la ciudad que él conocía bien. Baha, el sujeto al que se refirió Saleh la noche de Gizeh y cuyos comentarios crearon suspicacias en Farûq y Ahmed, fue finalmente presentado a Carvajal en aquella velada. Le sucedió algo parecido a lo que le había pasado con Farûq, pues enseguida se hicieron amigos, iniciando una relación que le conduciría a visitarlo asiduamente en su asombroso y desconceretante palacio de maravillas donde charlarían interminablamente rodeados de innumerables objetos.
Ahmed Chijany que además de director de cine era profesor en la escuela de audiovisuales, tenía otros alumnos además de Brian junto a él y a pesar de las muchas conversaciones en las que se vio inmerso, puso en antecedentes a Carvajal sobre algunos invitados. Lo que más le llamó la atención fue que Ahmed creara dudas sobre los negocios de Saleh con Hussein hablando de ellos de un modo algo descortés.
-¿A qué se dedican? -Quiso saber Carvajal sorprendido por las insinuaciones de Ahmed.
-Hussein regenta una joyería en Adén. Y con Saleh nunca se sabe, trapichea con todo lo que puede como de costumbre –Carvajal, como ya temía, comprobó que Saleh no tenía muy buena reputación. Sin embargo, le pareció raro que Brian, el amigo de Ahmed, estuviera tan vinculado a Saleh a quien aquél menospreciaba.
Ahmed Chijany era un hombre educado en cuyo rostro se reflejaba una batalla entre realidad y sueño. De origen humilde, se le notaba la voluntad de aprender y superarse aunque también poseía el orgullo del hombre viajado con estudios superiores que regresa a su lugar de origen con una pátina estelar. Había nacido en un pequeño pueblo del Alto Egipto y después de estudiar en El Cairo se graduó en Inglaterra en cinematografía con gran esfuerzo y mucho trabajo mal remunerado. Se trataba de un hombre escindido que no renunciaba a sus orígenes ni a cuanto vivió en el exilio. Desde que había regresado a El Cairo se dedicaba a la enseñanza, que era, junto a algunos negocios que tenía en Londres de los que apenas se sabía nada, su medio básico de subsistencia.
Carvajal por supuesto sabía que incluso en el entorno más amistoso él seguiría siendo el otro, el occidental y también que a veces la asociación entre un musulmán y un cristiano podía considerarse traición. Concluyó que Saleh, por muy mal considerado que estuviera entre sus colegas, tenía contactos fundamentalistas y negocios turbios que podían perjudicarle, por lo que no podía permitir que le convencieran o le involucraran en tales asuntos. Así que decidió permanecer lejos de ellos con la excepción de Baha por quien sintió simpatía espontánea. Por suerte cuando muchos ya se habían marchado y él comenzaba a desfallecer, Farûq se le acercó con una copa y acabaron charlando hasta la madrugada.
Llegó a casa confundido. Farûq habló de forma desconcertante y usando un lenguaje abstracto. La gnosis del Egipto helenístico, las escuelas místicas del hermetismo y esoterismo de los países islámicos. Todo cuanto le decía Farûq le sonaba a verdadero pero utilizaba un intrincado camino para introducir conceptos en su cabeza. Grabó en su memoria una larga frase que le inquietó cuando le mostró de nuevo la piedrecilla y Carvajal experimentó aquel malestar que ya comenzaba a ser habitual en él: “Ni los metales ni las piedras reciben virtudes celestes cuando están en forma de metales o piedras sino cuando están en forma de vapores. La tierra negra etíope produce cuerpos divinos y la unión recíproca de los elementos sustituye a la pugna caótica. Eso hace incorruptible a la piedra. Los más altos, increíbles y divinos secretos resultan incomprensibles para las personas corrientes”.
Llegaban a su mente frases inconexas que incomprensiblemente intuía llenas de significación. “Es todo una locura -se dijo antes de acostarse- lo mejor será descansar y no pensar más en ello”. Sin embargo no podía dormir y entre los libros que le habían prestado que ahora yacían dispersos por el suelo, tomó uno al azar. Lo abrió por la cinta roja que hacía de punto y leyó en una de las dos páginas señaladas lo que Ostando dijo un siglo antes de Cristo, descubriendo con asombro que era lo mismo que le había enseñado el viejo a Farûq: “Ve a las corrientes del Nilo y allí encontrarás una piedra que tiene un espíritu. Toma esa piedra, divídela, penetra con tu mano en su interior y sácale el corazón. Su alma es en verdad su corazón”.
La imagen del amuleto de Zeinab engarzado en el lazo de Isis le transportaba al destello de la piedra de Farûq. Sus palabras retumbaban en su cabeza: “Nuestra diosa es Isis. El color rojo representa la sangre, la magia y el poder de Isis. Recuerda que respiras en oro y te apareces en metal. La magia es indispensable para la supervivencia, pero el respeto al secreto es fundamental”.
En su conjunto aquella fiesta había alterado sus sentidos y aunque se hallaba bastante cerca del delirio pasó un buen rato hojeando libros, confundido por lo que leía. Finalmente, justo antes de cerrar la luz, se percató por primera vez que no recordaba ni la frivolidad de Madrid, ni la crisis de identidad que le había llevado a El Cairo. Un bello recuerdo le sustrajo de las palabras de Farûq, de sus lecturas y cavilaciones. Antes de introducirse en ese mundo mágico con Farûq coincidió en la cocina con Naïm, la esposa de Fâris, aquella mujer que lo sedujo con sus chispeantes ojos negros. Fue algo muy bello que le hizo modificar por unos minutos su opinión sobre las mujeres y cuyo recuerdo le condujo a través de suaves y misteriosas dunas a la oscuridad del sueño.




 
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5.ENCUENTRO EN SANÁ


El aeropuerto de Saná sobrio y funcional contrastaba con el imponente de ammán. chilabas fugaces, rostros curtidos por el viento del desierto o resecos por el salitre, miradas penetrantes, amplias sonrisas veteadas con prótesis de oro. en las paredes, marfíl y amarillo. en el exterior, jardines. una estrecha y larga carretera conducía a saná. a ambos lados casas dispersas apenas visibles y en algunos tramos hileras de grandes puertas metálicas con decoraciones geométricas de hierro forjado superpuestas formando gorriones, milanos, cuervos o águilas, dando a la noche reflejos multicolores. verdes, rojos, azules. 

Julia había leído en el avión un cuento sobre la reina de saba donde pájaros mensajeros llevaban el amor a sus destinos. pruebas, respuestas, exaltaciones de la pasión, todo un mundo para soñar.

Aquellos años en italia fueron apasionantes. luego, la soledad y el vacío. estaba decidida a sentirse libre. en el pasado se enamoraba con facilidad y todo salía de forma simple y fluida pero en la actualidad, cuando salía con algún hombre, solía desenamorarse rápido hasta el punto de dar por zanjada la relación. no era bueno que se le acercaran y cuanto más huía de ellos, más éxito tenía. y por otra parte las mujeres jamás le habían atraído. ahora ambos géneros representaban para julia seres inconclusos, vacías estatuas andantes respecto de los cuales guardaba una distancia obsesiva. la imagen de una vida de esposa y madre la deprimía. eso que para algunos es una obligación social para ella representaba una carga difícil de sobrellevar. la curiosidad le proporcionaba incalculables satisfacciones para  abstraerse de unas obligaciones que no compartía. disfrutaba de la compañía de meritxell pero vivir en su piel se le hubiera hecho insoportable.

Empezar de nuevo, rehacer la vida le decían, para qué -se preguntaba- ¿para tener una vida monótona? el trabajo, los niños, las visitas familiares, las aburridas reuniones con otras parejas, o hacer como sus amigas y tener encuentros furtivos con algún amante más bien gilipollas. no veía el porvenir nada claro.

Con harry consiguió diseñar un mundo aparte donde el engaño, la traición o la injusticia no existían, sin embargo su adversa realidad no le permitía regresar a esa burbuja ideal. así que necesitaba urgentemente sumergirse en un baño de naturaleza y nada mejor que aquel viaje para alejarla del miserable mundo que descubrió fuera. 

De camino a saná unos carteles publicitarios naïf provocaban su hilaridad, los camiones decorados con dibujos geométricos, caballitos, corazones, lunas y estrellas retenían su vista cansada. una noria para niños vacía y abandonada en la oscuridad exhibía su delicada y luminosa artesanía. colores y más colores. luces en la noche. viajaba hacia un mundo desconocido.

Se alojaron en el hotel sam city cerca del centro comercial, de las embajadas, los bancos, correos, del museo nacional y del antiguo palacio del iman yahya. 

Por la calle ali abdul mughni podían llegar a la concurrida plaza tahir y de allí hasta la calle zubayri, que cruzaba el puente sobre el caudal seco del río saila, cuyas aguas recorrían toda la ciudad. desde el puente se podía avistar la ciudad antigua con sus fascinantes casas de piedra y toba con sus blancos frisos de yeso y dibujos en puertas y ventanas, cuyos arcos acotaban cristales de colores. una arquitectura que atrapaba tanto como el paisaje. las mezquitas orientadas a la meca con sus pequeñas cúpulas blancas y sus minaretes salpicaban la ciudad, y por todas partes huertecillos, palmeras, acacias, verdaderos vergeles, que limitaban con djebeles áridos y desnudos estableciendo fronteras con otros pueblos. 

En bab al jemen, la puerta de la muralla que conducía a la ciudad antigua, empezaba el suq al milh, gran mercado, que extendía sus innumerables callejuelas atiborradas de enseres. suqs de tejidos, canastos, cerámicas, madera, cobre, plata, oro, donde se podía ver a los artesanos trabajando. las djambías colgaban de cinturas y puertas, era fácil encontrar rifles antiguos, gras cavalry franceses, mauser alemanes o vetterli-vitali italianos. probar el qat, una hierba estimulante que masticaban en tertulia, era obligado así como adquirir café, incienso o mirra. las montañas de especias como la pimienta, el cilantro, el comino, la canela, el cardamomo o el clavo llenaban grandes cestas, cuencos de latón o sacos de plástico y cordel, formando montones de colores. 

Entre la muchedumbre cruzaban bicicletas arrastrando carritos con comida, dulces, mazorcas, y también deambulaban indiferentes a todos, los asnos, camellos, monos o cabras. el suq era un hervidero de olores, colores y ruidos. la suciedad se concentraba en el suelo aunque el frenético trajín la engullía. siguiendo el laberíntico trazado de la ciudad antigua se podía encontrar de todo, escudriñar en un caravasar o atisbar en un hammam. 

Las visitas a la ciudad antigua con el gran suq, a los museos y mezquitas y al centro comercial fueron breves, pero dejaron en ellas una huella imborrable. de hecho anhelaban adentrarse en ese extraño país dominado por etíopes, persas, turcos, egipcios, país de tribus guerreras y no exento de la visita de los europeos. 

Rumbo al norte visitaron un mercado de carne cercano a amrán. cabezas de vaca, de cordero, de ternera. moscas, vísceras y sangre. entre camiones desbordantes de cabras, corderos o gallinas aparecía un rayo de sol, hojas verdes o el reflejo del agua. tomaron muchos tes y su mirada perdida, ebria de sangre, se purificaba en la sonrisa de un niño.  en un pequeño poblado cercano a huth pasearon por sus calles pobres, estrechas, soleadas y vacías, entre las casas de adobe con puertas de madera labrada cerradas a cal y canto. en la plaza, chiquillos jugando y  cantando mientras las madres se ocultaban. un asno cargado de arcilla. un hombre abstraído cruzando un puente. masas de niños mendigando y hombres polvorientos caminando sin rumbo orgullosos de sus rifles. las mujeres, con paquetes o vasijas de agua balanceándose por su peso.

En huth tomaron pinchos de cordero. pósters, pegatinas y páginas de periódico cubrían las paredes y absorbían la grasa de la cocina. leyó: “vitreaux et architecture du yemen, cross country travels, avventure nel mondo”.

Después de visitar sa´dah regresarían a saná. paisajes encantadores, casitas de piedra sobre peñascos, casuchas de toba dispersas por los cerros, y a sus pies extensos y verdes campos de qat. en los caminos, eucaliptos y pimenteros, en el cielo, milanos. la tierra marrón y negra pintada con cactus, pitas y chumberas. montañas de todos los verdes junto a baldíos picos encrespados y cañones. y entre lomas pequeños poblados. thula, hababah, shibam, al tawilah, al mahwit. de aquí a manakhah, una ruta de vergeles y frondosos oasis. bananeros, papayas, café, qat y de nuevo la piedra, los riscos, los desnudos montes áridos. 

Una hiena colgaba de la rama de un árbol, campos cultivados y de nuevo el gris y el blanco de las casitas cúbicas con sus pequeños paneles de vidrio agujereando con sus luces multicolores la niebla. un almendro en flor, una cisterna, mil maravillas entre las ramas. de camino hacia el mar rojo los pueblos encalados deslumbraban entre palmeras. en la playa, cabañas confeccionadas con ramas y dentro camastros de cordel donde el suave murmullo de los palmerales y la cadencia de las olas al romper transportaban a fábulas de sirenas, a las entrañas de veleros deslumbrantes de oro, plata, maderas exóticas, sedas y brocados, al interior de cofres de monedas y preciosas gemas de oriente sumergidos bajo praderas de posidonia.

En Ta´izz la mezquita Ashrafiya, con sus minaretes y múltiples cúpulas presidía la ciudad que se extendía nítida a sus pies. Marquetería, plata repujada, cristales y jácenas de vivos colores, relieves de estuco como bordados y la bella caligrafía trazando versículos del Corán. En Ibb una exaltada masa negra avanzaba entre el blanco de las casas, el ocre del camino  y el gris de los riscos. Integristas deslizándose despacio como un ejército de serpientes, con sus gritos, sus quejas y peticiones, sus amenazas y sus rezos. 

Julia y a su amiga Meritxell no daban crédito al espectáculo que se desplegaba a su paso y como en otra dimensión vagaban flotando en el espacio. De regreso a Saná, Fawzi y Alí -sus guías-, las invitaron a cenar al restaurante Shazarwan, muy cerca del hotel. 

Julia advirtió nada más llegar una presencia singular. Un tipo con aire indiferente sentado de espaldas a la gente con los ojos perdidos en una pared vacía. Le veía bien porque se encontraba sentada en la mesa contigua a él. Ni su ropa ni su expresión eran las de un turista y sin embargo algo le resultaba  familiar. A ella sus ojos le parecieron perdidos como en un largo túnel y fijos en un punto, como en ese resplandor que muchos imaginamos como la puerta del más allá.

Se incorporó para ir al servicio y él ni la vio. Pensó en lo que ella hacía cuando almorzaba sola en un lugar público. O leía, o chateaba o se entretenía viendo las expresiones rígidas, pletóricas o serenas de los rostros, las muecas de sus charlas, los gestos y ademanes, los gritos de camareros y cocineros, el ruido de platos y cubiertos, la vigilancia del maître. Si lo suyo era curiosidad por la apariencia, lo de ese tipo le pareció distinto. Algo sucedía por lo que lo observó discretamente durante toda la cena y cuando le oyó pedir la cuenta, notó acento español en su inglés. Se acercó a él desde su misma mesa y en voz baja le invitó a tomar unas copas en el Taj Sheba. Sorprendentemente recibió una respuesta afirmativa.

Para Jaime Carvajal su tiempo en El Cairo se estaba terminando. Cada vez le quedaba menos para optar a un nuevo destino o regresar a Madrid. Su trabajo no le producía grandes satisfacciones pero tampoco le fatigaba y la curiosidad por cuanto le transmitió Farûq le tuvo tan ocupado consultando libros y visitando anticuarios que perdió la noción del tiempo y le abstrajo por completo de la compleja realidad que vivía en aquel país tan desconocido para él.  

Poco tiempo después de la fiesta en casa de Zeinab donde conoció a Baha, el chamarilero que regentaba su comercio justo al lado de uno de los cafetines más frecuentados de El Cairo y al que él solía acudir casi a diario, comenzó a frecuentarlo con asiduidad. Su nuevo amigo, que le aclaraba muchas de sus dudas y mantenía con él fascinantes conversaciones, tenía tratos comerciales con Hussein, el joyero de Adén, así como con Saleh, que trapicheaba a lo largo del Nilo intermediando en todo tipo de operaciones chatarreras. Finalmente Carvajal había acabado por aprender árabe con el fin de no verse relegado en las conversaciones de sus amigos aunque lo llevó en secreto por prudencia dados los juegos políticos en los que por sus sermones aparentaban estar inmersos y que no solamente aburrían a Carvajal sino que habían llegado incluso a inquietarle en alguna ocasión. Baha era un tipo  muy preparado con estudios superiores y aunque no se había graduado en el exterior como Ahmed Chijany, era un hombre de ideas geniales y trato agradable. A Carvajal le maravilló su tienda repleta de verdaderos tesoros y el hecho de que no incidiera en los temas políticos lo convirtió en uno de sus compañeros preferidos. Sin embargo al poco tiempo de tratarlo, cuando comenzaba a sentirse a gusto en su exuberante mundo y reconfortado por su charla cultivada, Baha fue asesinado. Lo hallaron flotando en el río muy cerca del Hilton. El silencio se apoderó de todo el grupo excepto de Saleh que de una forma solapada implicó a Ahmed y a otros amigos cercanos en lo sucedido.

Carvajal coexistía en un mundo en el que se unían la ficción, la historia, la filosofía, la religion y el misterio. Colapsado por una  realidad tan dura, no pudo sobrellevar el suceso, y envuelto en las brumas de los objetos de Baha y en cuantos halló en almonedas y anticuarios, vivió en la superficie de aquella extraña ficción que no era para él. Si la política le venía grande, un asesinato en círculos tan próximos era como una bomba en el corazón de su intimidad. No se sobrepuso y quiso imaginar que Baha se encontraba de viaje en busca de algún noble y delicado objeto. 

Ahmed deambulaba con aspecto abandonado y mirada afligida, casi siempre acompañado de Brian, colaborador de Baha en los negocios de antigüedades y almoneda, y si Carvajal se los encontraba por casualidad notaba que la conversación con ellos  no era fluida y que articulaban cualquier excusa peregrina para desaparecer. Ese comportamiento de su amigo desconcertó a Carvajal dada la amistad que les había unido desde su llegada a Egipto pero la presencia de Brian mitigó su desconfianza. En aquella época alguien robó las piedras de Farûq y Zeinab, que habían  contraído matrimonio en la intimidad. Fueron unas coincidencias muy extrañas, sobre todo por los lazos que les unían. Coincidió por entonces con Naïm en un acto organizado por la embajada en el Atelier, un café que solía albergar al mundo de la cultura. Allí mismo la atractiva mujer le sugirió que se apartara del grupo advirtiéndole sobre la universal doble lectura de ciertos acontecimientos. Le aconsejó que actuara con prudencia con Ahmed y con Brian: “Aléjate de esta asociación ilícita –fueron sus palabras exactas”. Así que, bastante deprimido, hizo caso a su musa y se centró en su trabajo dejando de frecuentar con la misma asiduidad cafetines y restaurantes.  Al poco tiempo de tales cambios supo que Hoda partía hacia Yemen. Sabía, porque se lo dijo Ahmed, que la familia de la madre de Hoda era originaria de la zona de Ma´rib y quiso saber si Saleh -a quien todos trataban de charlatán e impostor- al implicar a Ahmed Chihany en el asesinato de Baha, podía albergar alguna pista que condujera a la verdad. Por otra parte, no conocía el país y ya le quedaba poco tiempo en la zona así que Carvajal compró un pasaje para Saná.

Recién llegado y reflexionando sobre la mejor manera de rastrear los pasos de Hoda en su cena del restaurante Shazarwan de la ciudad, una española le invitó a compartir unas copas. Era justo la oportunidad que necesitaba y mientras observaba con cierta ironía al grupo, le dijo a Julia: “Estaré encantado de acompañarles al Taj Sheba. Me sentarán bien unas copas”. 

Descubrieron pronto que Carvajal era de Madrid y residía en El Cairo. Fawzi y Alí, los acompañantes de las mujeres, al principio desconcertados por la presencia de un tercer hombre, derrocharon cordialidad y simpatía. Bebieron y conversaron hasta muy tarde. 

Al día siguiente Jaime Carvajal invitó a Julia y a Meritxell a almorzar y comentando sus planes respectivos les propuso un viaje conjunto prescindiendo de los guías, el alquiler de un Toyota 4x4 y partir en dirección a Ma´rib. Desde allí se dirigirían por la ruta del incienso hacia Wadi Hadramut y luego descenderían hasta Adén.  Aceptaron sus planes sin pestañear al reconocer en él una experiencia en el mundo árabe que les venía de perlas y al día siguiente  emprendieron el viaje.


6.RUMBO A ADÉN



En Ma´rib, Carvajal las sorprendió usando ropas yemeníes y hablando en árabe con los lugareños. Les confesó que iba en busca de una pieza arqueológica muy antigua. Sin embargo, cuando en Safir, cerca de la frontera con Arabia Saudí, se encontraron asediados y a punto de sucumbir a los cortantes filos de las djambias de una tribu norteña, descubrieron que sucedía algo serio e ignorado por ambas tal como había sospechado Julia en la mesa contigua del restaurante Shazarwan de Saná frente al extraño hombre solitario con la vista perdida en una pared vacía.  

Mientras masticaban qat tumbados entre los sucios cojines de una casa ruinosa y tomaban el té junto a cinco yemenís que las examinaban de arriba abajo excitados, Carvajal salió al exterior  con uno de ellos. Meritxell, incomoda con la situación y muy desconfiada por naturaleza, obligó a Julia a esperarla en el coche. Cuando vieron a Carvajal y al hombre que le acompañaba hablando a gritos con un tercero que les zarandeaba y desenfundaba su djambía y a los demás incorporarse y dirigirse hacia ellos, salieron pitando, alcanzaron a Carvajal que subió de un salto y partieron a toda velocidad.

La huida del cerco de los yemenís fue un golpe duro y hasta reunirse con los jeeps que emprendían la ruta del desierto no se tranquilizaron. Confundidos con el grupo, bajaron del Toyota rebozados de arena. Asustadas, acorralaron a Carvajal que se vio obligado a contarles la verdad. Uno de los hombres del asedio sabía que Hoda tenía que llevar algo a Adén. Les rogó cambiar de rumbo y dirigirse primero a Adén para seguir después hacia Shibam, Seyun y Tarim como tenían previsto al principio,  pero no lo aceptaron. 

Desierto, cañones, rascacielos de toba, palmeras, oasis, ríos, verdes campos cultivados por mujeres en chador negro y capirote de paja, residencias coloniales de colores apastelados. Montones de sensaciones se acumulaban en vertiginosa cascada mientras Carvajal, envuelto en una bruma de asco y aislado del exterior, meditaba los nuevos pasos a seguir. Volaron por fin a Adén desde Seyun después de haber visitado la zona este del país. 

En un café cercano al puerto, Julia y Meritxell conocieron a Philippe, un tipo que organizaba viajes a Etiopía, sobre todo a los Monasterios del Lago Tana. Kenia y Tanzania eran sus otros destinos habituales. No las convenció. No quería recordar sus orígenes, criticaba a los yemenís constantemente y se sentía viejo aunque no lo era. Su objetivo era amasar una fortuna e instalarse en el Índico. Insistió vehementemente en embarcarlas hacia Djibouti, al otro lado del Mar Rojo, en el Cuerno de África, para seguir desde allí un largo recorrido hacia Etiopía donde fantaseaba ofreciéndoles asombrosos viajes en barcas de papiro por las fuentes del Nilo.  Meritxell, después de la experiencia con Carvajal, no se fió en absoluto del francés y además de declinar la propuesta, se retiró al hotel sin interés en  seguir escuchando las aventuras del peculiar personaje.  

Sin embargo Julia vio en Philippe a un hombre perdido y conectó en seguida con él. Después de recorrer el puerto y la ciudad, en una larga noche de pasos ligeros, entradas y salidas de cafetines y antros, charlas intrascendentes, silencios reconfortantes y miradas intensas, se hubiera dejado embarcar hacia Australia si él se lo hubiese pedido. Dejó en ella un recuerdo imborrable y aunque no podía recordar con exactitud adónde fueron, lo que hicieron y de qué hablaron, su risa, agilidad, cabezonería, suavidad y confortable compañía dejaron en ella un poso de bienestar desconocido desde que el infortunio de Harry arruinó su mundo. Sólo recordaba su caminar conjunto dirigiéndose hacia las profundidades de la noche con gran determinación, formando un todo acompasado y rítmico. 

Al día siguiente ella y Meritxell, que no tenía resaca y se encontraba en plena forma por haber dormido profundamente toda la noche, tenían una cita concertada con Carvajal en el hotel Adén en Khormaksar, cerca del aeropuerto.

Cuando llegaron Carvajal caminaba de un lado para otro muy inquieto. Insistió en que debía partir inmediatamente hacia El Cairo por motivos de trabajo. Les habló de un tal Hussein, de Sophie y de Marie, unas francesas que se encontraban en Yemen y que él había conocido en El Cairo, mencionó que una de las piedras estaba en poder de Salma, una yemení que debía ser localizada en Saná. Y con camaleónica habilidad, el amable Carvajal pidió a Julia que se pusiera en contacto con esta última mujer y adquiriera la piedra que por error había caído en su poder.  

Asqueado de los yemenís, de las francesas y de las españolas y hasta cierto punto de las piedras y de los egipcios con sus misterios e intrigas, solo deseaba llegar a El Cairo para descansar en su otomana abrazado a sus mullidos cojines y caminar descalzo sobre las alfombras escuchando la rutina de la calle, el aguador y la llamada del muezzin desde la mezquita.

Julia desconocía el intrincado camino por el que Carvajal había conocido a Philippe, pero dio por supuesto que ya eran amigos.  De hecho no era raro porque el francés se movía por los chamizos del puerto como pez en el agua y además de tratar con los extranjeros que llegaban a Adén poseía una valiosísima información sobre la región. Carvajal lo relacionó con Marie y Sophie, las lesbianas francesas que adquirieron la piedra a Hussein. De la otra pieda, el Lazo de Isis de Zeinab, nada se sabía. Parecía haberse volatilizado en el camino de Saná a Adén y Carvajal agotado por la complicada persecución de Hoda, y por el abrupto país, no sólo desconocía el modo de encontrarla sino que desistió de ello. Mientras tanto Hoda, la amiga de Ahmed Chihany, por quien Carvajal hubiera puesto las dos manos en el fuego, regresaba a El Cairo. Sophie y Marie se pelearon separándose en Adén.  La piedra que Marie adquirió a Hussein para su amada Sophie estaba ahora en poder de Salma, una seductora yemení que se esfumó con dirección a Saná.

Carvajal no daba crédito a que unas simples gemas pudieran suponer tanto para tanta gente. Furioso como estaba con el género femenino a causa del tiempo perdido en las interminables pistas de aquel inmenso país que ya comenzaba a repatearle, vérselas con una yemení era más de lo que en aquel momento podía permitirse. Con la sensación de que se le adelantaban en todo, de que conseguían lo que él buscaba con más facilidad, como si la piedra estuviera embrujada, como si se escurriera entre sus manos dijo: “basta”. Era evidente que Hoda y el orfebre Hussein estaban relacionados, lo que podía  complicar a Ahmed Chijany y quizás a Saleh en el asesinato de Baha y de ser cierto que Hoda había vendido en Yemen las piedras de Farûq y Zeinab, podía tratarse de algo que implicara a todos los demás. Como le había aconsejado Naïm, no debía inmiscuirse en un asunto cada vez más opaco. Los hechos le inducían a desconfiar de todos sus amigos y sin embargo no tenía pruebas que los incriminaran. En el mundo musulmán era extremadamente complicado llegar al fondo de la verdad a pesar de conocer la lengua. Se sentía irritado y burlado pero sobre todo nublado por tantos acontecimientos.  Finalmente después de adquirir el pasaje, voló a Adis Abeba, a Khartoum y, por fin llegó a El Cairo. 

Julia fue seducida por el misterio de una ciudad de cuento y por    el intrincado seguimiento de unas piedras supuestamente mágicas. Deseaba ayudar a Carvajal, puesto que al igual que para él a su llegada a El Cairo, la aventura acababa de empezar.  Se trasladó al Ar Rawdah Palace después de discutir horas interminables con Meritxell, que se veía con toda seguridad regresando sola a Barcelona.

PATINES DE ORO
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Aquella  tarde Val llegó tarde. Llovía y se sentía cansada. Un largo trayecto jalonado de peajes, gasolineras y cafés después de visitar a una amiga del colegio en Montpellier. En el trayecto de vuelta su imagen la perturbaba. El modo en que se presentaba ante los demás o cómo la veían ellos. Si la hubieran descubierto la pasada noche  -se decía acongojada- qué diablos pensarían. Se consideraba una mujer bohemia, avanzada y estilosa aunque cuando viajaba podía sucederle cualquier cosa. En la ciudad, donde sus apellidos formaban un anillo de respeto, era cautelosa pero en cuanto comenzaba a alejarse se liberaba. Sin duda Val podía inventarse muchas vidas pero los otros, qué pensarían los otros si la vieran, si algún día averiguaran sus andanzas. 

Aquella misma mañana bajo el repicar de campanas, recostada en un banco junto a un enorme castaño, perdida la orientación, la noción de identidad y espacio, después de beber benjamines en una terraza de plazoletas umbrosas, se olvidó del viaje de regreso. La noche anterior, agachada bajo una farola rebuscando en su bolso, se pegó un coscorrón antes de perderse entre el gentío de un bistro para terminar con un desconocido en un hotel de Provenza. Conectaron con desesperación. Luego una nube le ocultó lo sucedido y en el transcurso del viaje, aunque intentó alejar las sombras, le quedó grabada la imagen del tipo cuando al amanecer salió de allí a toda velocidad.

Llegó a su casa al anochecer sosteniendo un paquete con unos patines para el niño que había adquirido en Francia. Vestida con sus extravagancias, tocada con la pamela y aturdida al dejar el paraguas en el vestíbulo vio como su hermanito se acercaba a recibirla. Cuando abrió el paquete del regalo enloqueció de alegría y se puso a patinar por el  pasillo de su casa que era ancho y largo. Val tomó una ducha, se puso ropa limpia y se recostó con una copa en el viejo sillón de la glorieta a contemplar su desaforado movimiento. Arriba y abajo, arriba y abajo, el niño patinaba y silbaba de alegría. Ella se tomó una y luego otra y muchas más copas y se reía, se reía del menor de sus hermanos, de aquel que tanto le gustaba y al que quería. Cuando el niño se agotó, sacándole los patines, lo tomó de la manita, le dio la cena que había preparado la cocinera para ambos y conduciéndolo al baño del dormitorio lo desnudó y lo metió en la bañera. Chapotearon en el agua y luego lo envolvió con una enorme toalla. Se tumbaron sobre la cama para seguir jugando y allí lo abrazó y lo besó con su  ternura de hermana. Siguieron jugando con arrullos, cosquilleos, volteretas y pellizcos y el niño desnudo daba vueltas y más vueltas hasta que, cuando al fin logró comenzar a ponerle el pijama, sus manos se aceleraron y perdió el pesquis. Cediendo a sus impulsos, presa del ímpetu del alcohol y el juego,  agarró su pequeño pene con las dos manos y cayendo sobre él  se bebió de un sorbo la vida del querubín. Con ojos de sorpresa el pequeño sollozó y, como atrapado en el tejido de una excéntrica araña, congeló una mueca de ternura. El ejercicio finalizó acoplándose al cuerpo infantil y abrazada a él durmió el sueño de su locura.


BETH
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Beth era una joven y astuta periodista de moda que vivía en el barrio gótico. De ágil y esbelta figura, con una pecosa carita enmarcada en naturales rizos dorados, desbordaba simpatía. Poseía una pequeña terraza acristalada con un jacuzzi desde donde se veía el mar y se podían distinguir los buques que atracaban en el puerto. Le fascinaban los transatlánticos, con sus chimeneas negras y rojas, y las minúsculas ventanas donde imaginaba a miles de diminutos pasajeros. Su cabeza se perdía en el sonar de  campanas, pitos o gongs, en el vapor y los estandartes de algunas chimeneas, en las nubes que surcaban los cielos y en el horizonte donde se fundían con el mar y hacia el que todas las embarcaciones dirigían su rumbo. Lo más significativo de su vida era entonces aquel pequeño reducto donde compartía con sus amantes unos cócteles refinadísimos que aprendió a preparar con un sumiller vecino. Beth rivalizaba con algunas mujeres del mundo de la moda que poseían belleza, dinero o un apuesto esposo. Y aunque ella aparentara despreciar las vanidades de este mundo, las fastidiaba como mejor podía. No solo con sus ácidos comentarios en la prensa y en la televisión basura, sino en todas partes y bajo cualquier circunstancia. Retos que no dejaban indiferente a nadie por lo que llegó un momento en el que la pequeña sociedad hipócrita donde vivía la desgastó. Por un tiempo se mantuvo firme ante zorras y chorizos con pedigrí familiar, pero cuando los altamente remunerados cargos del país eran sistemáticamente otorgados inmerecidamente, huyó.

El día que cumplía sus cuarenta años emprendió la vuelta al mundo. Quería alejarse de aquella farsa y estaba convencida de que en los Mares del Sur hallaría la paz espiritual que anhelaba. Tumbarse a la bartola  en  una playa de turquesas aguas cristalinas y tomarse una bebida al son de tambores polinesios, se le antojaba como uno de los mayores placeres de la vida. Deseaba practicar la contemplación, meditar y dejarse llevar por el ritmo del Pacífico. Vendió su espléndido loft con vistas al mar e inmediatamente adquirió un cuchitril que puso en alquiler turístico. Sustraerse al estrés de la vida trepidante de la moda y escapar al vacío que le creaban cuatro sementales baratos, le era imprescindible 


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